Las superislas sociales, un nuevo enfoque para la intervención social en Barcelona

La medida humana que ofrecen las superislas son el marco ideal para dar una escala de mayor proximidad y comunitaria a los servicios públicos

 

Quien más quien menos ha oído hablar de las superislas de Barcelona, una propuesta de transformación urbana que tiene como objetivo mejorar la calidad de vida de los vecinos y vecinas, con ganancia de espacio público, más verde, con menos coches y más personas. Transformaciones con un claro acento de urbanismo social que pone la mirada en la cotidianidad.

Desde el Área de Derechos Sociales apostamos por sumar un nuevo paso en el desarrollo de las superislas introduciendo la dimensión de intervención social. Esto implica adaptar el concepto de superisla propuesto desde el urbanismo al concepto de superisla social: aquel territorio más pequeño que un barrio que permite dar unos servicios de calidad a todas las personas que viven en él. La medida humana que ofrecen las superislas son el marco ideal para dar una escala de mayor proximidad y comunitaria a los servicios públicos.

“Vivir como en un pueblo”

Tomando como ejemplo la superisla del 22@, donde viven unas 6.000 personas, es necesario que nos preguntemos si esta es una medida humana de lo que es abarcable como territorio para mejorar la gestión pública, fortalecer las relaciones comunitarias y “vivir como en un pueblo”. Pensemos que en una superisla de 6.000 tendrían que estar todos los servicios básicos: escola bressol, escuela de primaria, instituto, centro de atención primaria de salud, espacio comunitario y un tejido comercial bastante potente y diversificado para que minimice la necesidad de desplazamientos fuera de la superisla para proveerse de la mayoría de los bienes y servicios cotidianos que se necesitan.

Una gran parte del municipio de Barcelona, que tiene casi 1,7 millones de habitantes, se podría dividir entre 225 y 250 superislas de similar tamaño en términos de población, siendo muy conscientes de la profunda diversidad que existe entre barrios. Así, a grandes rasgos y como media, cada superisla tendría unos 180 niños de entre 0 y 3 años, 550 en la escuela primaria, 340 en el instituto, 1.300 personas mayores entre 65 y 75 años y 275 de 85 años o más, y también 400 personas desempleadas (de las que 120 llevan más dos años buscando trabajo) y 300 personas con diversidad funcional.

Una gran parte del municipio de Barcelona se podría dividir entre 225 y 250 superislas de similar tamaño

Más en concreto y con respecto al envejecimiento, con datos administrativos y de la última encuesta de condiciones de vida, en cada superisla habría 700 familias que cuidan de personas mayores. Y las previsiones demográficas para las próximas décadas indican que el volumen de personas mayores en la ciudad crecerá, y de la misma forma lo harán las personas con algún tipo de dependencia o de enfermedad crónica que necesitarán de una atención periódica y una monitorización permanente. El volumen de personas con necesidad de recibir apoyo para actividades básicas como la higiene personal y la alimentación, pero también comprar, pasear, ir al médico o relacionarse, irá creciendo.

El envejecimiento de la población

Todo hace pensar que la inmensa mayoría de nuestras futuras personas mayores vivirán hasta el final (o casi) de su vida en su propio hogar. Y eso implicará una creciente necesidad de servicios domésticos, sociosanitarios o comunitarios, para ayudar a estos vecinos mayores (ayudarnos) a tener una vida digna en esta fase de la vida. Envejecer en casa, para las personas con más necesidades, recibir los cuidados y servicios como si estuvieran en un centro sociosanitario o incluso un hospital, se convierte en un reto, posiblemente el mayor reto que tendremos en las próximas décadas.

Cómo afecta eso a los servicios públicos? Ponemos como ejemplo el Servicio de Ayuda a Domicilio municipal (SAD): unas 4.000 trabajadoras familiares y auxiliares de limpieza prestan cada día este servicio a 18.000 personas usuarias. Es el segundo contrato externalizado más importante de la ciudad. Actualmente el servicio está dividido en cuatro grandes zonas, el sistema de distribución de las tareas no recoge ninguna otra territorialización, con algunas excepciones. Si a eso se le sumamos la falta de vínculos relacionales entre las propias trabajadoras familiares y auxiliares de limpieza, que no tienen ni siquiera un espacio común donde descansar entre servicios, el poco contacto con las trabajadoras sociales que supervisan los casos —ambos atribuibles a la configuración del servicio— y su elevada precarización nos encontramos con que uno de los servicios más importantes y con más impacto real sobre la vida de nuestros ciudadanos se realiza de una manera completamente enajenada y desvinculada.

El concepto de residencia distribuida implica que los usuarios siguen viviendo en su casa, pero el nivel de atención se adapta a sus necesidades

Desde el Ayuntamiento de Barcelona hemos decidido emprender el camino para transformar este modelo que ha quedado desfasado para atender de manera digna y próxima a las personas usuarias y para mejorar las condiciones de los y las profesionales que lo llevan a cabo. El primer paso lo empezamos en las próximas semanas. Se pondrán en marcha cuatro pruebas pilotos en potenciales futuras superislas sociales para atender de manera próxima con pequeños equipos del SAD (trabajadoras familiares y auxiliares de limpieza) a las personas usuarias de la zona. Eso constituye un reto formidable, pues implica un cambio profundo en las maneras de trabajar, dando poder de autogestión en sus tareas diarias a pequeños equipos de unas 10 trabajadoras familiares y auxiliares de limpieza que acordarán los horarios y los servicios en grupos cerrados de hasta 50 personas usuarias del SAD que residan en zonas concretas de la ciudad, de manera pactada con los propios usuarios y familiares.  Se trata de pensar en el concepto de residencia distribuida: los usuarios siguen viviendo en su casa, pero el nivel de atención se adapta a sus necesidades y pueden recibir prestaciones especializadas como si estuvieran en una residencia o centro sociosanitario.

Dependencia y cuidado de los más pequeños

Este solo tiene que ser el primer paso. La construcción de la superisla social tiene que ir añadiendo nuevas piezas, como la integración y coordinación de la atención a la dependencia con los servicios sanitarios, la coordinación y apoyo a los cuidadores no profesionales reconocidos e informales, así como otros servicios que ya presta el Ayuntamiento a las personas mayores que viven en el mismo territorio (teleasistencia, comidas a domicilio y en compañía, “Radars”, “Vincles”, “Baixem al carrer”, etcétera).

Más allá de la dimensión del envejecimiento, y la gestión de la cronicidad y la dependencia, aparecen dimensiones que también deben ser objetos futuros de las superislas sociales. En primer lugar el cuidado de los más pequeños. La cobertura de las escoles bressol públicas y privadas solo llega al 50 % de los niños de 1 año y al 67 % de los de 2 años. Y vemos que más allá de las escoles bressol están surgiendo nuevos modelos de apoyo a la crianza y que también las necesidades horarias de servicio de cuidado no son cubiertas por los horarios estandarizados de las escoles bressol. Eso hace pensar que hacen falta nuevas formas de proximidad en el cuidado de nuestros niños, combinando diversos tipos de servicios y espacios, formales e informales. En un contexto en el que desde el Gobierno del Estado se anuncian nuevos recortes en sector de dependencia y una Generalitat que menosprecia la educación de 0 a 3 años, las ciudades exigimos reconocer los cuidados e innovar ante el cambio demográfico.

Los aspectos medioambientales

Finalmente, la superisla social refuerza y extiende también los aspectos medioambientales de las superislas originales. Los planteamientos de proximidad reducen la necesidad de desplazamientos motorizados y los hacen más cortos y favorecen la economía circular y nuevas prácticas económicas basadas en la economía social y solidaria. Y más allá, la superisla social debe dar paso a nuevos modelos de participación ciudadana, con más democracia directa, codiseño y coproducción de las políticas públicas, una superisla sociopolítica que devuelva el poder a sus ciudadanos sobre aspectos claves de su vida.

Si hay algo imprescindible para la inclusión social son los vínculos comunitarios, este es el intangible por el que apostamos. Imaginamos un futuro de pequeñas comunidades, aprovechando lo mejor de la vida próxima, donde entre todos y todas nos conocemos y cuidamos, donde teniendo poco o nada a nivel individual accedemos a todo, y a la vez aprovechamos la capacidad de disponer de todo tipo de servicios especializados y accesibles a pocos minutos por transporte público gracias a la densidad de una gran ciudad como Barcelona. Y exploramos la capacidad innovadora de más de 200 laboratorios urbanos que serían las superislas sociales, donde podemos explorar nuevas soluciones organizativas o tecnológicas a los retos de la inclusión social que ya tenemos y nos vendrán.

http://www.elperiodico.com/es/opinion/20180122/las-superislas-sociales-un-nuevo-enfoque-para-la-intervencion-social-urbanismo-social-barcelona-6570090

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