¿Por qué nadie quiere redistribuir el dinero?

Los ricos son cada vez más ricos y la élite de izquierda no va a hacer nada: Piketty vuelve.

 

30.05.2018

El nuevo trabajo del economista francés es un documento en desarrollo en el que muestra cómo la política durante los últimos años se ha convertido en una mera guerra de élites.

Hace algo menos de un lustro, el economista francés Thomas Piketty irrumpió en el panorama académico global con una tesis particularmente atractiva en plena crisis económica: la tasa de retorno sobre el capital supera el crecimiento económico, es decir, los propietarios del capital se enriquecen con más velocidad que el resto de la población, lo que ha provocado que la desigualdad vuelva a niveles del siglo XIX. Su último trabajo, aún en desarrollo, amplía dicha hipótesis para intentar explicar el auge del populismo a partir de una gran incógnita: por qué el aumento de la desigualdad económica no ha dado a luz partidos políticos que promuevan medidas de redistribución.

El economista, durante una rueda de prensa celebrada en marzo de 2017. (Reuters/Christian Hartmann)

 

El autor deEl capital en el siglo XXI, de la Paris School of Economics, identifica una reveladora evolución demográfica del voto de izquierdas entre 1948 y 2017 en Francia, EEUU y Reino Unido, los tres países analizados en el informe. Durante la posguerra, en los años cincuenta y sesenta, los votantes de los partidos de izquierda eran personas con bajos niveles de educación y escasos ingresos. Es la época en que, como Piketty recordaba en su libro, los mecanismos redistributivos del Estado redujeron la concentración de la riqueza de mano de políticas que dieron forma al Estado de bienestar. La clase trabajadora votaba a la izquierda, mientras que las medias altas y altas hacían lo propio con los partidos de derechas.

Los partidos políticos solo sirven a los intereses de las élites: la izquierda, a las intelectuales, y la derecha, a las económicas

Esta situación fue cambiando poco a poco durante las siguientes décadas y acelerándose a partir de los ochenta: hoy en día, el votante de izquierdas es alguien con una buena formación académica, parte de una élite intelectual. Por otra parte, el voto de derechas no ha cambiado sustancialmente su composición, ya que sigue encajando en el perfil tradicional de altos ingresos y rentas, aunque vayan retirando poco a poco su apoyo a esta clase de partidos. Es un nuevo panorama que encaja con las políticas del periodo neoliberal, en el que los mecanismos de redistribución económica comenzaron a desaparecer debido a la oposición de las élites económicas.

Este nuevo perfil de los votantes de izquierda ha provocado que el enfrentamiento político de los partidos tradicionales consista, básicamente, en un enfrentamiento entre las élites progresistas y las élites de derecha. Son lo que los autores denominan ‘izquierda braminy ‘derecha de mercaderes’ (‘merchant right’), en referencia al sistema de castas indio, cuyo estamento superior se dividía entre ‘vaisias’ (guerreros y comerciantes) y los ‘bramin’ (intelectuales y sacerdotes). Según la terminología en el estudio, la izquierda ha pasado de tener “partidos de trabajadores” a “partidos de educados” (‘high-education party’). El surgimiento de esta nueva izquierda no ha sustituido a la derecha, sino que ha dado lugar a un sistema de partidos de “élites múltiples” que se consolidó a comienzos de la década pasada.

Voto a los partidos de izquierda en Francia, Reino Unido y EEUU: del partido de los trabajadores al partido de los educados.

El trabajo sugiere que quien verdaderamente está perdiendo en este enfrentamiento de élites son todas las que no pertenecen a ellas, al no existir ninguna alternativa democrática que esté promoviendo un programa basado en la redistribución de la riqueza. Son esas personas sin formación y con un bajo nivel económico que no encuentran en el eje izquierda-derecha una alternativa, y que poco a poco son seducidas por una nueva dialéctica que enfrenta a las “élites globalistas“, que incluyen a la izquierda y la derecha, con las “nativistas”, que defienden los intereses de los locales frente a los inmigrantes. Una nueva visión del mundo que ha beneficiado a los populistas de dichos países —Trump, Le Pen, Brexit— promoviendo enfrentamientos internos, sin que se propongan medidas de redistribución de la riqueza. Las élites duermen tranquilas.

El imposible frente común redistributivo

Esa es la gran pregunta: si, como defendía Piketty en su obra más célebre, la desigualdad económica es cada vez mayor, ¿por qué no ha aparecido ninguna propuesta política que intente abordar dicho problema, que afecta a la mayor parte de la población? La respuesta probablemente pase por esa ‘elitización’ de los partidos de izquierdas, así como por la iniciativa tomada por el populismo a la hora de ocupar ese lugar que antes era llenado por los partidos ‘de clase trabajadora’. En otras palabras, la clase a la que en teoría debe servir la izquierda política ha dejado de votarla a medida que sus seguidores pasaban a ser miembros de una hipotética élite intelectual globalista.

Es muy difícil juntar a las personas con menos educación e ingresos de distintos orígenes para que encabecen un cambio que reduzca la desigualdad

Piketty enfatiza la importancia de la expansión de la educación universitaria como aceleradora de los cambios sociales. Como recuerda el estudio, “la globalización y el desarrollo educativo han creado nuevas dimensiones de desigualdad y conflicto, que han conducido al debilitamiento de las antiguas coaliciones redistributivas basadas en la clase y al desarrollo paulatino de nuevas divisiones”. Hay una dificultad añadida para la aparición de una verdadera alternativa democrática de redistribución de la riqueza, que es la complejidad intrínseca de unir a los votantes con bajos ingresos y bajos niveles de educación si no existe una “fuerte plataforma igualitaria-internacional”. ¿Un empujoncito del economista francés para la conformación de un movimiento internacional alrededor de un programa de redistribución de la riqueza?

La evolución del voto de izquierda por nivel de educación.

El informe vuelve una vez más a la época del desarrollo del Estado de bienestar, cuando determinadas “circunstancias históricas extremas”, como la Gran Depresión de los años treinta, la Segunda Guerra Mundial y el auge del comunismo, dieron un espaldarazo común al proyecto socialdemócrata. Un acuerdo que, siguiendo la misma lógica, se debilitó tras la caída del comunismo y el auge de la globalización. ¿Es posible que vuelva a darse una situación semejante? Según el trabajo, es una condición necesaria, pero no suficiente; otras alternativas son posibles.

¿Y en España?

Aunque el trabajo de la Paris School of Economics se centre en EEUU, Francia y Reino Unido, es un debate que se ha abierto en varios países, como España. Alberto Garzón recogía una tesis semejante en una columna publicada en El Confidencial, con el inequívoco título de “Por qué las clases populares no votan a la izquierda”, en la que recordaba que el fracaso de la izquierda a la hora de atraer a las personas afectadas por la crisis y la globalización había dejado un hueco que estaba siendo ocupado por partidos de derechas con “un espíritu reaccionario, racista y antidemócrata”. Precisamente, los mismos rasgos que Piketty destaca en su nuevo trabajo como definitorios del “populismo nativista”.

En España, ha ocurrido algo semejante: el votante de izquierda no es de clase obrera, sino de media ilustrada o media alta

El coordinador de Izquierda Unida recordaba que los datos del CIS muestran que el votante de izquierda ya no es de clase obrera, sino de media ilustrada o media alta, “con muchos profesionales, técnicos, profesores e incluso directivos que toman partido a favor de clases menos favorecidas que a su vez no se sienten representadas por la izquierda”. Un panorama semejante al que presenta Piketty en su análisis internacional, en el que es la nueva élite intelectual la que da su apoyo a los partidos de izquierda, mientras que el que sería su votante natural por cuestión de clase se decanta por otras opciones emergentes.

Una investigación de los profesores españoles Raúl Gómez, Laura Molares y Luis Ramiro sobre las particularidades de la izquierda radical europea (en España, IU) concluyó que dichos partidos eran más populares entre las capas con más formación de la sociedad. Se trataba de jóvenes, con buena formación, de clase media, no creyentes y que viven en las grandes ciudades. Es otro signo de la distancia que los partidos de dicha corriente han establecido respecto a la clase social a la que en teoría representan, y que puede estar siendo ocupada por los partidos de “derecha nativista”. Corremos el riesgo, concluye Piketty, de volver al viejo sistema de partidos de la Inglaterra del siglo XVIII: uno en el que la política se reducía a un mero enfrentamiento de élites urbanas y terratenientes por sus intereses particulares.

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