Los errores en la contabilidad del planeta

Más allá de la oferta y la demanda: el equilibrio dinámico entre los umbrales globales y las asignaciones

 

Por James Bernard Quilligan, publicado por la Fundación P2P

Como asesor monetario, pasé muchos años cuestionando a los banqueros sobre la autenticidad de sus hojas de saldos. Lo que más me llamó la atención en estas discusiones fue lo siguiente: a menudo los bancos afirman que la demanda social de mercancías tiene un vínculo directo con el suministro ecológico de recursos que se extraen, producen y venden como mercancías. Pero esto simplemente no es verdad. A los activos de reserva bancarios no se les aplica ningún descuento para reflejar la disminución de los recursos no renovables del mundo. De hecho, nadie está realmente siguiendo el rastro mientras la deuda ecológica de la sociedad continúa creciendo.

Considere cuán extraño es esto: la demanda de bienes se utiliza como una representación de la accesibilidad relativa de los recursos no renovables; sin embargo, la creciente escasez de combustibles fósiles no se muestra en el precio que pagamos por bombear el gas. Lo mismo ocurre con el agua y los minerales raros, que no se valoran de acuerdo con su disponibilidad decreciente. Tampoco aparece su valor ecológico en las hojas de cálculo de la mayoría de los operadores bursátiles, compañías de seguros u otras empresas.

¿Qué está causando tant desaforadas informaciones erróneas y malas asignaciones? He llegado a la conclusión de que este es más un problema de responsabilidad que de contabilidad. Francamente, el desafío reside en admitir nuestros errores y reconceptualizar el sistema moderno de valoración económica, comenzando con la teoría de que está basada en una ley fundamental del equilibrio. Tómese, por ejemplo, la idea de Adam Smith de que los esfuerzos de los individuos en la búsqueda de sus propios intereses benefician naturalmente a la sociedad, o la noción de que existe un flujo circular orgánico entre los precios del mercado y los ingresos de las personas. ¿Son estas suposiciones válidas? ¿Y qué queremos decir con equilibrio económico? ¿Es un principio de física o biología?

Comencemos preguntándonos: ¿la oferta y la demanda son verdaderamente capaces de administrar los umbrales de los recursos que puede mantener un entorno, o de garantizar que estos recursos estén asignados de manera suficiente para la población que vive en ese entorno?

Tanto en la economía clásica como en la keynesiana, la relación entre la oferta de una cantidad de un bien o servicio y la demanda de la misma está determinada por el precio de esta cantidad. Lo que se contabiliza en el lado de la oferta de esta ecuación son los costos de producción, que incluyen mano de obra, capital, expectativas de precios futuros y proveedores, y la tecnología que se usa en la producción. La disponibilidad relativa de materiales y energía para la producción también se enumera como un costo de suministro, aunque rara vez en términos ecológicos. La tasa a la que las personas y sus organizaciones pueden cosechar o utilizar un recurso particular dentro de su capacidad de regeneración normalmente no se registra en el lado de la oferta como un rendimiento ecológico, sino como un gasto financiero. Tampoco los efectos negativos de la contaminación, el desperdicio, la mala salud o el riesgo suelen incluirse en los costos de producción.

A la inversa, el lado de la demanda de la economía de mercado mide los ingresos del consumidor, los gustos y las preferencias, los precios de los bienes y servicios relacionados, las expectativas sobre los precios y los ingresos futuros, y la cantidad de consumidores potenciales. En lugar de reflejar la necesidad humana real, la demanda es una medida del consumo individual en el punto de venta. Es simplemente el precio que una persona está dispuesta a pagar por algo, que significa la cantidad de dinero o crédito que se intercambia en la transacción. Pero lo que no se mide por el lado de la demanda es la accesibilidad del individuo al aire respirable, al agua limpia, a los alimentos nutritivos, a la vivienda adecuada o a la seguridad, al amor, a la pertenencia y a la inclusión. Expresiones subjetivas de necesidad, belleza, trabajo voluntario, pérdida de bienes comunes o riesgos en la salud y en la seguridad simplemente no están inplicados en la transmisión de la demanda a través de la caja registradora, el escáner de códigos de barras o la compra inalámbrica.

En la banca y las finanzas se aplica una estructura similar para el equilibrio del mercado. Así como la fórmula de oferta y demanda en microeconomía se basa en una conexión funcional entre productores y consumidores, el libro mayor de oferta y demanda se utiliza en macroeconomía para expresar un tipo similar de relación entre prestamistas y prestatarios. Aquí, el equilibrio entre la oferta monetaria y la demanda de dinero se ajusta a través de una tasa de interés, que representa el precio que se cobra por el dinero.

Una vez más, esto representa un cierto tipo de equilibrio transaccional dentro del mercado, pero no refleja la relación más amplia entre la ecología y su población. Cuando todo lo que se expresa en la ecuación estándar oferta-demanda es el precio de un producto o un bien en particular, o una tasa de interés que representa el precio del dinero, no se están teniendo en cuenta ni las tasas de preservación y reposición de recursos ni las medidas específicas de la necesidad humana. La ecuación oferta-demanda tampoco transmite los costos subyacentes del daño social o el daño ambiental en el que se puede incurrir.

Este desequilibrio en el valor también ha dado lugar a profundos sesgos políticos en la forma en que el modelo de oferta y demanda debe aplicarse en la sociedad. Por un lado, los economistas clásicos y neoclásicos dicen que “la oferta crea su propia demanda“. Promueven políticas firmes para la inversión y la producción a través de la iniciativa individual y la intervención gubernamental limitada en la economía, a la vez que racionalizan una extracción, producción, crecimiento y desperdicio ilimitados de recursos. Al usar la oferta-demanda para su escala de equilibrio, estos analistas rara vez se preguntan por qué los valores exponenciales en la economía están tan desvinculados de las tasas de crecimiento biológico que ocurren en el mundo natural.

Por otro lado, los economistas keynesianos dicen que aumentar los salarios y el poder de compra genera demanda. Promueven políticas de inversión y producción compartidas a través de la intervención de un gobierno en la economía, mientras que ignoran la competencia destructiva que estas crean entre los recursos disponibles y las necesidades de estos recursos de una población. En esto, los keynesianos no se diferencian de los economistas clásicos: ambas escuelas asumen que satisfacer las necesidades humanas depende de la producción extractiva, la expansión de la población, la demanda continua, el aumento del ingreso personal, el aumento del consumo y los subproductos involuntarios pero inevitables de contaminación generada y residuos desechables.

Ninguna elección es correcta porque la teoría básica del equilibrio del mercado ignora los costos ambientales y sociales, malinterpretando profundamente el vínculo dinámico entre los sistemas de soporte ecológico y las personas que dependen de ellos. Esta conexión vital se ve simplemente como una “cadena de suministro” a través de la cual se les entrega una cantidad de algo demandado por los consumidores o prestatarios en función de la cantidad que las empresas o los bancos pueden suministrar. Ni el enfoque clásico ni el keynesiano de la oferta y la demanda reflejan las limitaciones de la capacidad productiva de los recursos básicos de la Tierra o el tamaño máximo de una población que puede mantenerse indefinidamente en ese entorno.

Nuestros representantes económicos para el equilibrio ambiental son directamente culpables de estos fatídicos errores de cálculo. Como un subsistema de un ecosistema más grande, el modelo de oferta-demanda hace poco para igualar las fuentes naturales de insumos productivos con los sumideros naturales de los desperdicios de lo que consumimos o los residuos, lo que lleva a un fallo masivo del mercado. Bajo la ilusión del equilibrio oferta-demanda, la población humana esta utilizando ahora los recursos básicos de alimentos, agua, energía y minerales más rápidamente de lo que la naturaleza puede reponerlos para satisfacer las necesidades de su población. Para revertir este exceso crítico, tendremos que transformar nuestra epistemología, nuestras ideologías, nuestras instituciones y reglas, así como nuestros métodos de contabilidad.

Todo esto requiere una comprensión más clara de las interacciones entre la biosfera y la sociedad humana. El umbral ecológico de los recursos disponibles y las asignaciones de esos recursos para satisfacer las necesidades de una población son en realidad fuerzas opuestas que se contrarrestan continuamente entre sí. Este principio dinámico existe entre cada especie y su entorno: los organismos vivos reaccionan a los cambios en su ecosistema y hacen ajustes para sobrevivir.

A través de esta interacción constante entre las fuerzas naturales y físicas, en lugar de que la oferta cree su propia demanda a través de los precios o que la demanda sea dependiente del ingreso, la señal de necesidad por parte de un organismo desencadena rutinariamente la creación de su propio suministro. Estas fuerzas de autorregulación funcionan en la naturaleza y dentro de la biología del cuerpo humano; también deben funcionar en las sociedades humanas. Medir la reposición de recursos renovables y no renovables permitirá a la sociedad mantener su producción en relación con las necesidades compensadas a través del tamaño y el crecimiento de la población humana.

Estas fuerzas divergentes deben tener una base empírica en la política socioeconómica más allá del marco inadecuado de la oferta-demanda. Para contrarrestar las necesidades de una población con sus sistemas de soporte de recursos se requiere un gran reajuste. Así es como esto podría funcionar. Lo que ahora está incluido en el lado de la oferta como la extracción, la producción y el desperdicio, sea redefinido como la autoorganización de los recursos dentro de los límites ecológicos del planeta para su regeneración. Y lo que ahora se informa en el lado de la demanda como una medida del ingreso sea redefinido como el de las personas que satisfacen sus necesidades diarias mediante el uso común de estos recursos.

Cuando la oferta se convierte en un valor ecológico y la demanda se convierte en el valor de la necesidad humana, la idea “construye y ya vendrán” se transforma en “demuestra la necesidad y se satisfacerá”. Entonces, en lugar de una aproximación grosera hacia el equilibrio económico, tendremos una medida real para las actividades cooperativas de las personas que administran sus recursos para satisfacer sus necesidades, una medida basada en el nivel de producción regenerativa que su ecología puede ‘soportar’ o sostener de manera óptima.

El término para este equilibrio dinámico entre las personas y su entorno, que señala la via de salida de nuestra matriz oferta-demanda, es la biocapacidad. La biocapacidad expresa el valor intrínseco de la sostenibilidad dentro de un ecosistema. Se basa en los umbrales de los recursos que pueden mantenerse en un entorno medido en relación con la asignación de recursos suficientes para satisfacer las necesidades de su población. A través de este valor del ecosistema, la biocapacidad ofrece indicadores directos y pautas para ayudarnos a organizar nuestra propia suficiencia a través del metabolismo de la sociedad constantemente fluctuante y autoajustable como un sistema vivo.

Traducción Neus Casajuana

 

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *