Emergencia climática: una guerra contra la vida

Todas y todos tenemos conciencia, más o menos intensa, de que estamos en guerra en Ucrania, pero nos preguntamos, ¿la tenemos también que estamos en guerra con la naturaleza, con la biosfera, con la vida?

Iniciamos una serie de cinco capítulos para dar una visión global de las amenazas climáticas y humanitarias, que están interconectadas

Josep Cabayol y Ester González, 28/03/2022

Guerra. Ésta es la palabra omnipresente estos días en los medios. Se aplica al ominoso ataque de Rusia a Ucrania. Por el contrario, son incapaces de atribuir el vocablo al ataque constante y terminal de la humanidad contra la naturaleza, de nefastas consecuencias: calentamiento global, clima inestable, agotamiento de los recursos, desertificación, degradación de los suelos, pérdida de masa boscosa, disminución del agua disponible (descenso de las precipitaciones), degradación de los océanos, pérdida de pesquerías, de los ecosistemas, pérdida de biodiversidad, pandemias, pérdida de salud (también mental/ansiedad causada por el aumento de temperatura, el trauma por los fenómenos meteorológicos y climáticos extremos, y la pérdida de medios de subsistencia), de salud planetaria. En definitiva, crisis climática camino de ser irreversible.

Vemos imágenes del dramático éxodo de ucranianos (los originarios del Sur global, de Oriente Próximo y otros, no tienen el mismo trato) y nos escandalizamos con las víctimas de la guerra (en especial niñas y niños), satisfaciéndonos, a la vez, al comprobar que la solidaridad europea funciona. En cambio, quedamos indiferentes a la huida constante de personas del sur global que deben migrar porque las han desplazado a beneficio de multinacionales de la alimentación. O por culpa de guerras causadas por el extractivismo dedicado al expolio de la energía y materiales/minerales de las que el Norte global carece. Colonialismo que favorece la existencia de grupos paramilitares y gobiernos corruptos dirigidos por élites que mandan en beneficio propio y de los países/poderes que los pagan, esparciendo el terror y dividiendo a los países, convirtiendo territorios en estados fallidos en guerra permanente (como en el Congo). O por el cambio climático, del que son poco o nada responsables, que ha convertido las tierras que conservaban y cultivaban en secarrales, o por inundaciones catastróficas que, como las sequías, cada año son más intensas y frecuentes.

Manifestación de Fridays For Future | Dominic Wunderlich

Migrantes forzosos, que cuando deciden abandonar los campos de refugiados donde los han ubicado (¿campos de concentración?), y dejar atrás el país y el continente donde han nacido para no morirse de hambre, comprueban cómo el Norte los rechaza, les niega el derecho a migrar que debería ser un derecho inalienable, y les deja morir en la arena del desierto o en las aguas del Mediterráneo. Sólo en África Oriental, 28 millones de personas están en riesgo de pasar hambre. La región vive la peor sequía en 40 años. Trece millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares. Los asnos han muerto o están demasiado débiles para tirar de los carros. Los gobiernos africanos no pueden hacer frente a los precios tan altos de las materias primas. ¿Correrán los gobiernos europeos a socorrer a los africanos orientales? ¿O mirarán hacia otro lado? África, lo vemos todos los días con las políticas migratorias represivas, no es Ucrania.

La crisis y la guerra han multiplicado los efectos perversos de la agricultura industrial y de un sistema económico basado en la especulación y el beneficio. Y que se ceba especialmente en las mujeres. Según Naciones Unidas, la desigualdad de género y la exclusión social aumentan aún más los efectos negativos de una gestión medioambiental insostenible y especialmente destructiva para las mujeres y niñas. De hecho, el 80% de los desplazados por desastres relacionados con el clima son ellas.

Y Europa no se escapa. Las mafias ya se han instalado en las corrientes migratorias ucranianas y ofrecen a mujeres, que desesperadas huyen de la guerra, futuros esperanzadores que esconden la prostitución. También ocurre con niñas y niños, a quienes las familias, abrumadas, suben a vehículos, conducidos por supuestas buenas personas, que en realidad son mafiosos, que los utilizarán como mercancía para venderlos al mejor postor (en el «mejor» de los casos, familias que puedan pagarlos, pero también los habrá que se destinen al tráfico de órganos o a la prostitución). También es una guerra, ¿o no?

Y preocupados por la obtención de energía e indignados con la pérfida Rusia, proponemos liberarnos del yugo que supone conseguir la energía (gas, petróleo, diésel) procedente de ese país. Pero no nos preocupemos de dónde lo obtendremos, ni a quien perjudicaremos. El sentimiento colonial extractivista está arraigado en nuestra conciencia y no importa de dónde venga el gas o el petróleo, o el uranio (también el agua para fabricar hidrógeno) si así podemos mover el coche o calentar la casa. Agredir los intereses económicos y el derecho al desarrollo (supervivencia) a terceros, ¿no es también un acto de guerra?

¿Y se han preguntado de dónde vienen los materiales y minerales necesarios para construir los molinos y placas solares necesarios para desarrollar las energías renovables (Europa es en un 85% deficitaria)? ¿O de dónde sacaremos el agua para producir hidrógeno?

¿Y los alimentos, de dónde vienen, de qué dictadura favorable a occidente proceden, a qué grupos empresariales pertenecen? ¿Se ha expulsado a las personas originarias de sus tierras para implementar monocultivos? ¿Se las ha esclavizado desplazándolas o imponiéndoles precios de miseria, migración o muerte?¿A quién beneficia el comercio de alimentos imperante, que perjudica la salud planetaria al mover personas y mercancías arriba y abajo sin tener en cuenta los GEI producidos al quemar fósiles? ¿Por qué se ha impedido el desarrollo de la soberanía alimentaria tanto en el Norte (el campesinado europeo también es víctima del cambio climático y la guerra) como en el Sur global? ¿A beneficio de quién?

¿Y qué me dicen de la guerra de la desposesión por acumulación, acelerada por el cambio climático? Las guerras, la crisis económica, el cambio climático, la injusticia social, el colonialismo, la gobernanza, aumentan las desigualdades, la desposesión, la marginación… Una mayoría de personas, que crece día a día, son más pobres, y una minoría de ricos se hacen más ricos. En todas las guerras, en las convencionales, pero también en la guerra contra la naturaleza, o en la guerra por el control económico y el acaparamiento, los más pobres deben permanecer en sus pueblos y ciudades bajo la lluvia de bombas del enemigo, los estragos climáticos, o la lluvia ácida que supone la carencia de trabajo y de perspectivas de futuro.

Los no tan pobres cogen lo que pueden y migran quedándose sin nada o con poco, y si no mueren por el camino, se incorporan a la tropa de los desplazados y desposeídos (donde les esperan los marginados económicos del norte), permaneciendo dependientes de las ayudas de los países de acogida, si es que los acogen, y por cuánto tiempo. Y expuestos a la ira de los marginados y más pobres, que los ven como ladrones que les toman lo que entienden es suyo. Por el contrario, los desplazados más adinerados transfieren su dinero y pueden iniciar una nueva vida, trasladados pero ricos. Nadie les pone pegas con la cartera llena.

Análogamente, permanecemos asimismo indiferentes a otras guerras que consideremos lejanas. Por poner un ejemplo, según Naciones Unidas, en Yemen existe la crisis humanitaria más grave del mundo. La guerra fue desencadenada por Arabia Saudita (un aliado occidental regido por una dictadura, con la suerte de disponer de petróleo y tener bula) contra los chiís houthis, que están apoyados por Irán (un enemigo de Occidente). En Yemen, a finales de 2021 habían muerto 377.000 personas, el 60% de las cuales, por causas indirectas, como la falta de agua, alimentos y las enfermedades. El otro 40%, muertes provocadas por las balas y las bombas (algunas fabricadas en España). ¿Y los niños? Cada 9 minutos muere un menor de 5 años. Más de 10.000 niños muertos a finales de 2021. Y todo esto por no hablar de Palestina, Congo, o Birmania.

¿De qué guerras hablamos y de cuáles no? Guerra en Europa. ¿No es una guerra europea el ataque a la naturaleza? ¿No es una guerra la lucha contra la pandemia? Lo explicábamos en la anterior serie, Una sola crisis, la del capitalismo: la explotación de más áreas naturales, las deforestaciones, y las infecciones víricas están relacionadas. El traspaso de nuevas fronteras y la colonización de territorios inhóspitos relacionan a humanos con animales con los que no había contacto. Ha sido el desarrollo de la industria agropecuaria quien ha causado las deforestaciones masivas, que los monocultivos se hayan esparcido, que se hayan destruido ecosistemas y reducido la biodiversidad. Ha sido la industria agropecuaria – las granjas de producción intensiva de animales – quien ha facilitado la propagación de los virus patógenos, de enfermedades víricas.

Explotación, colonialismo, extractivismo… ¿no son guerras europeas encaminadas a alcanzar los materiales, los minerales, la energía que la UE no tiene? ¿No será también, pues, una guerra? ¡Y no me digan que no origina muertes! Hay víctimas mortales, aunque no mueran por el efecto de las bombas y balas. Mueren por el hambre, la deshidratación, las enfermedades derivadas de la apropiación de tierras y recursos en territorios ignotos. Aumentar las tierras de cultivo, en especial en los países en vías de desarrollo, no sólo pone en riesgo la biodiversidad, sino que incrementa la probabilidad de nuevas enfermedades, como la pandemia que todavía sufrimos, y agrava la acción del cambio climático provocado por la humanidad, muy especialmente por el Norte global. No será convencional pero también es una guerra.

¿Y no es también una guerra especular con los suministros y servicios que atienden las necesidades básicas de las personas y que han sido privatizadas: aire, agua, alimentos, vivienda, salud/sanidad, energía, medio ambiente, trabajo? ¿No es una guerra bajar salarios y robar a las personas el futuro explotándolos hasta no tener tiempo para descansar? ¿O dejarlos sin tiempo para el ocio y la cultura, o privándoles de acceso a la participación política convertida en un lugar exclusivo de las élites?

Una guerra cotidiana contra la naturaleza y la vida, para mantener en funcionamiento un sistema económico, social y cultural como es el capitalismo, aunque se le adjetive de verde. No nos matan con balas de fuego ni con bombas, sino que se violentan los ecosistemas y las personas que habitamos la biosfera. Nos matan al contaminar la atmósfera con todo tipo de gases, de residuos, en beneficio de grandes corporaciones económicas e industriales que tienen cautivos a políticos y gobiernos al controlar el dinero que fabrican los bancos. Dinero que también se ha privatizado. Guerra por otras vías, guerras que agotan la biosfera. Sumadas, nos dan una única guerra, dirigida contra la vida.

https://catalunyaplural.cat/es/emergencia-climatica-una-guerra-contra-la-vida/

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