La obsesión por el crecimiento ha generado una enorme desigualdad, ha socavado la estabilidad económica mundial y ha debilitado la fe en la democracia. Para invertir estas tendencias es necesario frenar el poder del capital financiero y gestionar los flujos comerciales mundiales.
Si no cambiamos la forma de gobernarnos, aquí no va a cambiar nada. La idea es mirar a largo plazo, y esto siempre es difícil y comporta aplicar políticas distintas a las que tenemos actualmente.
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