17.12.2025

Compartir en

Temas relacionados

Hegemonía del crecimiento y futuros post-crecimiento: una posible hoja de ruta

Un análisis de la complejidad de las causas del crecimiento que supera la visión marxista clásica.

Michael J. Albert

Resumen

El artículo de Michael J. Albert, publicado en Review of International Studies (2024), ofrece una reflexión sobre la hegemonía del crecimiento económico y las condiciones que podrían hacer posible un futuro “post-crecimiento”. A diferencia de la mayoría de los enfoques de la economía ecológica o del decrecimiento, que se concentran en justificar la necesidad de abandonar el paradigma del crecimiento o en proponer políticas alternativas, Albert busca comprender por qué el crecimiento sigue siendo una norma incuestionable en la política global y qué mecanismos de poder lo sostienen. Su objetivo es analizar cómo se reproduce esa hegemonía y qué estrategias o coaliciones podrían transformarla.

El autor se apoya en la tradición neo-gramsciana y, en particular, en el marco de la “hegemonía compleja” formulado por Alex Williams. Albert argumenta que el crecimiento económico no debe entenderse simplemente como una consecuencia inevitable de las relaciones capitalistas de producción —como sostiene el marxismo clásico— sino como un orden hegemónico emergente, un entramado de relaciones políticas, económicas, ideológicas y geopolíticas que se refuerzan mutuamente y se adaptan continuamente a los cambios históricos. El crecimiento funciona como un proyecto hegemónico que ha logrado integrar distintos elementos sociales, culturales y materiales en un todo coherente. No se trata únicamente de una exigencia económica, sino de una estructura de sentido que define lo que es el progreso, la prosperidad y la seguridad. Por ello, su reproducción no depende solo del capital y el mercado, sino también de las ideologías, las instituciones, los discursos científicos y las prácticas cotidianas que lo naturalizan.

1. De Marxismo estructural a hegemonía compleja

En la visión marxista ortodoxa, el crecimiento económico es una compulsión estructural inherente al capitalismo: los capitalistas deben reinvertir continuamente para mantener la acumulación de valor, y cualquier interrupción del crecimiento genera crisis, desempleo e inestabilidad. Desde este punto de vista, la “ideología del crecimiento” no es más que una racionalización posterior de un hecho estructural.

Aunque reconoce que el capitalismo históricamente ha dependido de la expansión continua —ya que el estancamiento suele generar crisis, desempleo e inestabilidad—, el autor muestra que esta compulsión no es simplemente una “ley de hierro”. El crecimiento también es un acto de voluntad colectiva, resultado de decisiones políticas, expectativas culturales y mitos civilizatorios que lo legitiman. Por eso, cualquier transición post-crecimiento debe abordar simultáneamente los planos estructural, ideológico y geopolítico.

De acuerdo con la noción de hegemonía compleja, el crecimiento es un proyecto adaptativo que se reconfigura constantemente frente a crisis, cambios históricos o desafíos contrahegemónicos. Desde la posguerra, la ideología del crecimiento ha sobrevivido a rupturas políticas, crisis económicas y debates ecológicos, incorporando nuevos lenguajes —como el “crecimiento verde”— sin alterar sus fundamentos. Esta resiliencia solo se explica si se entiende el crecimiento como un entramado de prácticas, discursos, teorías, indicadores estadísticos (como el PIB), expectativas culturales y orientaciones civilizatorias que deben reproducirse continuamente.

2. Las bases de la hegemonía del crecimiento

Albert identifica tres dimensiones mutuamente constitutivas que sostienen la hegemonía del crecimiento:

a) Estructura político-económica

En el plano político-económico, Albert describe una red de mecanismos disciplinarios que obligan a empresas, gobiernos y economías a perseguir el crecimiento. Las firmas compiten por beneficios y se ven forzadas a reinvertir para sobrevivir; los Estados dependen del crecimiento para mantener ingresos fiscales y estabilidad social; y el sistema financiero, basado en la deuda, requiere expansión continua para evitar colapsos. Sin embargo, estos mecanismos no son completamente automáticos ni inevitables. Los Estados y los actores económicos ejercen agencia: deciden sostener el crecimiento porque consideran que es la única vía para garantizar bienestar, seguridad o legitimidad. De ahí que sea posible imaginar configuraciones distintas, como demuestra el ejemplo de Japón, que ha mantenido estabilidad social con crecimiento cero durante décadas.

b) Ideología

El segundo pilar de la hegemonía del crecimiento es la ideología. Albert amplía este concepto más allá de las ideas conscientes: incluye hábitos, emociones, afectos y formas de conocimiento que moldean la vida cotidiana. El poder del PIB como indicador del “éxito nacional” es una muestra de esa naturalización. A ello se suma la cultura empresarial que define las ganancias “razonables” y refuerza la lógica de acumulación; el consumismo de masas que asocia el bienestar con el poder adquisitivo; y, en un nivel más profundo, la cosmología moderna del progreso, que vincula el crecimiento con la superación de los límites humanos y con una promesa de trascendencia colectiva. Para el autor, esta dimensión simbólica es crucial: el crecimiento funciona como una religión secular que otorga sentido y esperanza. Superarlo exige, por tanto, un cambio cultural profundo que redefina el bienestar y el propósito humano en términos de suficiencia, reciprocidad y cuidado del planeta.

c) Dimensión geopolítica y de seguridad

El tercer componente es la dimensión geopolítica y militar, que vincula el crecimiento con la seguridad y el poder estatal. Históricamente, el PIB se consolidó como indicador clave durante la Guerra Fría porque medía la capacidad de los Estados para sostener su fuerza militar. Esa lógica sigue vigente: la competencia entre Estados, especialmente entre Estados Unidos y China, refuerza la idea de que el crecimiento es condición para la defensa nacional y la estabilidad interna. En Europa, la guerra en Ucrania ha impulsado un nuevo ciclo de militarización que vuelve a subordinar las políticas ecológicas al objetivo del crecimiento. Así, la hegemonía del crecimiento se sostiene también por la estructura del sistema internacional, que premia la expansión económica como sinónimo de poder.

3. Hacia futuros post-crecimiento

A partir de este diagnóstico, Albert explora cómo podrían surgir futuros post-crecimiento plausibles sin requerir necesariamente una revolución socialista total. Desarrolla una narrativa prospectiva que ilustra cómo una transición post-crecimiento podría emerger de las crisis y los procesos reales: Albert explora cómo podría producirse una transición hacia un orden post-crecimiento. Propone imaginar ecologías políticas híbridas donde el mercado, el Estado y los comunes coexistan bajo nuevas reglas.

Un orden post-crecimiento no eliminaría automáticamente el beneficio, la propiedad privada o los mercados, sino que los subordinaría a fines sociales y ecológicos. Este orden limitaría la acumulación y subordinaría la rentabilidad privada a objetivos sociales y ecológicos.

Siguiendo a Steffen Lange y otros, esto implicaría:

  • Mayor peso de cooperativas de trabajadores y empresas comunitarias.
  • Límites estrictos al uso de materiales y energía.
  • Incentivos para pequeñas y medianas empresas frente a economías de escala.
  • Regulación pública de la creación monetaria y de la deuda.
  • Reducción drástica de la desigualdad mediante ingresos máximos y mínimos.
  • Expansión del “sector común” (commoning): huertos comunitarios, cooperativas energéticas, cocinas colectivas, clínicas solidarias, etc.

Este escenario híbrido podría estabilizarse si se acompaña de cambios culturales y de seguridad global, lo que requiere también una desmilitarización progresiva y una redefinición de la seguridad como bienestar ecológico y social.

4. Escenario prospectivo: la transición 2027–2050

El autor imagina, además, un escenario prospectivo que muestra cómo una transición de este tipo podría desarrollarse entre 2027 y 2050. Según esta narrativa, las crisis energéticas, el encarecimiento de los recursos y los impactos del cambio climático obligan a los Estados a adoptar medidas coordinadas para reducir su dependencia de los combustibles fósiles. Europa lidera el proceso, impulsada por movimientos sociales, sindicatos y nuevos partidos verdes que promueven la renta básica, la reducción de la jornada laboral y nuevos indicadores de bienestar. Gradualmente, los resultados positivos —mayor seguridad energética, menor desigualdad y bienestar estable sin crecimiento— demuestran la viabilidad del modelo. Ante la persistencia de crisis ecológicas y financieras, Estados Unidos y China se ven forzados a reconsiderar sus estrategias. La presión social interna y el agotamiento presupuestario por el gasto militar favorecen una etapa de desmilitarización y cooperación internacional.

En este contexto, las potencias acuerdan una reforma global similar a un “nuevo Bretton Woods” que institucionaliza el orden post-crecimiento: controles de capital, límites materiales globales, reestructuración de deudas del Sur Global y financiamiento para una transición justa. Los países del Sur, liberados de la dependencia extractivista, desarrollan capacidades industriales sostenibles y modelos económicos basados en la resiliencia, la soberanía alimentaria y la justicia social. Paralelamente, las sociedades del Norte experimentan un cambio cultural: el consumo ostentoso pierde valor, el trabajo se redistribuye, la cooperación comunitaria y el tiempo libre ganan centralidad, y el progreso se redefine en términos de calidad de vida y equilibrio ecológico.

El resultado, hacia mediados del siglo XXI, sería un mundo post-crecimiento caracterizado por diversidad institucional y política: encontraríamos una diversidad de economías políticas postcrecimiento (al igual que existen numerosas «variedades de capitalismo» hoy en día): incluyendo variantes relativamente liberales y de mercado-emprendimiento de la economía de «estado estacionario», economías socialdemócratas coordinadas con un papel más importante para la planificación y la redistribución dirigidas por el Estado, economías postcrecimiento estatistas autoritarias y quizás también variantes ecosocialistas anticapitalistas más radicales. Utilizando la tipología de Lorenzo Fioramonti, la mayoría de estas variantes combinarían las economías de estado estacionario y de bienestar, aunque algunas podrían evolucionar hacia direcciones de decrecimiento más radicales.

En todos los casos, se habrían reducido las tensiones geopolíticas y el gasto militar, y se habrían consolidado nuevos valores de suficiencia, cooperación y cuidado planetario.

Albert reconoce que este escenario es hipotético y probablemente improbable, pero insiste en su utilidad estratégica. Pensar en términos de futuros posibles permite identificar los mecanismos de transformación, los actores contrahegemónicos —movimientos climáticos, sindicatos, sectores progresistas del capital, Estados verdes— y las alianzas que podrían empujar al sistema mundial más allá del crecimiento.

5. Conclusiones

El artículo concluye que la hegemonía del crecimiento no puede desmontarse únicamente mediante argumentos económicos. Está sostenida por una compleja red de fuerzas materiales, ideológicas y geopolíticas que deben abordarse simultáneamente. La teoría de la hegemonía compleja ofrece un marco más realista y multidimensional que el marxismo estructural para comprender tanto la resiliencia del paradigma del crecimiento como las posibles vías de transformación.

El autor cierra su trabajo destacando el papel que la disciplina de Relaciones Internacionales puede desempeñar en este debate. Los investigadores deben analizar las interacciones entre economía, ideología y seguridad, y contribuir a imaginar los mecanismos políticos y culturales que podrían sostener un orden mundial post-crecimiento. Frente a la evidencia de que el “crecimiento verde” es una ilusión incompatible con los límites planetarios, la tarea es explorar seriamente las alternativas: un mundo en el que la prosperidad humana no dependa de la expansión infinita, sino de la cooperación, la suficiencia y el equilibrio ecológico.

Deja una
respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete a nuestro newsletter