Una nueva economía para todos

Con el aumento de los niveles de desigualdad en todo el mundo, necesitamos un nuevo enfoque para las personas y el planeta

Por Katherine Trebeck , líder de Conocimientos y Políticas, la Alianza de la Economía del Bienestar, que nos visitará el 17 de Diciembre en Barcelona para hablarnos de la economía del buen vivir

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) hablan de una agenda que es familiar en todo el mundo, a pesar de que se pueden usar diferentes términos para describir las ideas clave: calidad de vida, florecimiento para todas las personas y sostenibilidad para el planeta. Estas ideas se están confluyendo cada vez más en torno a la noción de bienestar, en todas sus dimensiones.


Un hombre sin hogar en Brooklyn, Nueva York. La desigualdad de ingresos se ha vuelto más extrema en la última década. En los Estados Unidos, el 81 por ciento de la población se encuentra en una categoría de ingresos que experimentó ingresos estancados o decrecientes durante este período. © Spencer Platt / Getty Images

Esta visión compartida de una mejor manera de hacer las cosas se puede encontrar en una variedad de fuentes. Está incrustado en las doctrinas de muchas religiones. Está contenido en las visiones del mundo de las comunidades de las Primeras Naciones. Puede leerse en los trabajos de los expertos en desarrollo y en los resultados de investigaciones sobre que es lo que hace que las personas se sientan felices. Esta visión se hace eco de la evidencia en psicología sobre las necesidades humanas y en neurociencia sobre que eso que hace que nuestros cerebros reaccionen. Quizás lo más importante es que se puede escuchar alto y claro en conversaciones deliberativas con personas de todo el mundo sobre lo que realmente les importa. Queda establecido en los 17 ODS, y quizá la mejor forma de expresarlo es con el mantra predominante de “no dejar a nadie atrás”.

Una economía que deja atrás a las personas

Este es un llamamiento para asegurar que todos estén incluidos, que nadie sea marginado. “No dejar a nadie atrás” implica que, en todo caso, es el sistema, nuestras instituciones colectivas y sus interacciones, el responsable del abandono de las personas y no quienes se quedan atrás. Tomar este punto de vista de todo el sistema permite una conversación sobre la naturaleza interconectada de las oportunidades y conceptualizaciones de desarrollo de las personas, cómo interactúan con el medio ambiente y cómo los cambios en una esfera tienen consecuencias en la otra. En el peor de los casos, estas interacciones pueden generar espirales que devastan vidas, amenazan los derechos humanos y socavan la paz.

La naturaleza sistémica de estos procesos significa que es inadecuado seguir cubriéndo con apósitos “las heridas causadas por la desigualdad mediante la construcción de más cárceles, la contratación de más policías y la prescripción de más drogas” (como lo expresa Danny Dorling en su libro Injusticia: por qué la desigualdad social aún persiste) . El gasto en estos artículos es un testimonio grave de la incapacidad par ayudar a las personas a prosperar y disfrutar de la calidad de vida. Esta lista es aún mayor cuando se observan los gastos necesarios por el colapso ambiental: limpiar después de inundaciones o tormentas inducidas por el cambio climático, tratar el asma exacerbado por partículas tóxicas en el aire y comprar agua embotellada cuando se contaminan ríos y arroyos.

Por supuesto, tales gastos son exclusivos de quienes tienen la suerte de tener los recursos para gastarlos. La degradación ambiental afecta más a quienes carecen de esos recursos debido a su mayor vulnerabilidad. La capacidad de las personas para escapar de las fuentes de toxicidad y riesgo está determinada por sus posibilidades de acceso a fuentes de tierra y alimentos no contaminados y más seguros, o si se encuentran entre la gran mayoria de los que deben conformarse con lo que queda.

La vulnerabilidad de quienes son los menos culpables refleja la distribución desigual del poder, los recursos y las oportunidades: los recursos económicos son tan desigualmente compartidos como el impacto resultante del saqueo de los recursos naturales.

Una cosecha desigualmente compartida

Una de las fuentes más respetadas en materia de desigualdad económica es el Informe de Desigualdad Mundial. La publicación de 2018 reveló que en las últimas décadas la desigualdad de ingresos, medida a partir de los que poseen el 10% de las rentas, está empeorando en casi todas las partes del mundo. Las estadísticas compiladas por Credit Suisse muestran que el uno por ciento más rico posee tanta riqueza como el resto del mundo. La brecha entre los ingresos reales de las personas del Norte Global en comparación con los del Sur Global se ha agrandado aproximadamente tres veces desde 1960. Tomando la definición más general de pobreza adoptada por la ‘línea de pobreza ética’ de Peter Edward (identifica el umbral de ingresos por debajo del cual la esperanza de vida cae rápidamente, actualmente $ 7.40 por día) se calcula que unos 4.300 millones de personas viven en la pobreza.

Las economías con elevados PIB que más representan el modelo económico actual, muestran algunas de las pruebas más claras de que el sistema prevaleciente se distribuye de manera inadecuada. El Instituto Global McKinsey informa que el 81 por ciento de la población de EE. UU. Se encuentra en el grupo de rentas que experimentó ingresos estancados o decrecientes en la última década. La cifra es del 97% en Italia, del 70% en Gran Bretaña y del 63% en Francia. Las personas que viven en países ricos (en PIB) están luchando para sobrevivir. En el Reino Unido, por ejemplo, el uso de bancos de alimentos ha aumentado dramáticamente en los últimos años.

Los que cosechan la mayor parte de los beneficios de este sistema son también los que ponen en más peligro al planeta. Sobre el cambio climático, las cifras publicadas por Our World In Data muestran que los países más ricos (países de rentas altas y media-altas) emiten el 86 por ciento de las emisiones globales de CO2. En el Reino Unido, las emisiones están fuertemente correlacionadas con los ingresos, mientras que en los Estados Unidos, el 10 por ciento más rico tiene una huella de carbono tres veces mayor que la de las personas en el 10 por ciento más pobre.

Reconstruyendo el sistema

No es inusual escuchar a personas preocupadas por el estado del mundo señalando los niveles de desigualdad. Citan la falta de calidad de trabajo suficiente, lamentan el saqueo del planeta y declaran que el sistema económico está “roto”.

Pero si uno mira por debajo de los síntomas, se hace evidente que la causa raíz de gran parte de esto se debe directamente a cómo está diseñada de forma proactiva la economía en la actualidad. Nuestro sistema económico no tiene suficientemente en cuenta la naturaleza, es ciego a la distribución de recursos y eleva las medidas de progreso que incluyen incentivos perversos (como el beneficio a corto plazo y el PIB a expensas del bienestar humano).

El sistema no está dañado: está haciendo lo que estaba configurado para hacer. Las raíces de la desigualdad y el colapso ambiental se encuentran en una combinación vertiginosa de instituciones, procesos y relaciones de poder que configuran la asignación de riesgo y recompensa. Las decisiones tomadas durante muchos años por sucesivos gobiernos han dado como resultado: niveles inadecuados de salario mínimo y protección social inadecuada; diferentes tasas de impuestos sobre la renta en comparación con el capital; tasas relativamente bajas del impuesto sobre la renta máxima (particularmente en el Reino Unido y los Estados Unidos en comparación con otros países de la OCDE, y en comparación con niveles anteriores); rendijas legales insertadas en la legislación que han permitido la evasión fiscal; el debilitamiento del alcance de los sindicatos para negociar colectivamente y luchar por el salario y las condiciones de los trabajadores; propiedad limitada de muchas empresas; y gobernanza corporativa que se fija en las ganancias a corto plazo.

La misma dinámica del sistema se observa en los vínculos entre desigualdad e impacto ambiental. Estos vínculos surgen a través de: la presión de consumir bienes de estatus para mantener la apariencia de riqueza; los patrones de consumo de los más ricos; la forma en que la desigualdad socava los esfuerzos colectivos para proteger los bienes comunes ambientales; y la ruptura que ejerce la desigualdad en las políticas proambientales. Estas estructuras son deliberadas, aunque los efectos secundarios pueden no serlo. Aunque se remontan a muchas décadas (incluso siglos), se pueden desmontar y diseñar de manera diferente.

Construyendo una economía de bienestar

Los patrones resaltados anteriormente sugieren que, si bien la visión podría ser no dejar a nadie atrás, la realidad actual es que algunos podrían estar demasiado adelante, acaparando recursos económicos y haciendo mucho daño a los recursos naturales. Este orden es una construcción que refleja las decisiones políticas y las elecciones de las empresas.

Se puede construir una economía de bienestar que ofrezca una buena vida a las personas desde el principio, en lugar de requerir tanto esfuerzo para reparar las cosas, hacer frente y recuperarse después de que el daño está hecho, y redistribuir lo que se comparte de manera desigual. Se puede lograr una economía de bienestar reorientando las metas y expectativas para los negocios, la política y la sociedad.

Una economía de bienestar es aquella que es regenerativa, que es cooperativa y colaborativa, y que tiene un propósito. Tendrá la misma oportunidad en su esencia: no simplemente redistribuyendo dócilmente de la mejor manera posible los resultados de un sistema económico desigual, sino estructurando la economía para que se desarrolle una mejor distribución de recursos, riqueza y poder. Por ejemplo, eso implicaría:

  • ecosistemas regenerados y bienes comunes globales desplegados;
  • una economía circular que atiende las necesidades en lugar de impulsar el consumo desde la producción;
  • personas que se sienten seguras y saludables en sus comunidades, mitigando la necesidad de grandes gastos en tratamiento, curación y reparación;
  • cambiar a energías renovables, generadas por comunidades locales o agencias públicas siempre que sea posible;
  • gestión económica democrática (en términos de poder, escala y propiedad);
  • democracia participativa y deliberativa con gobiernos receptivos a los ciudadanos;
  • negocios orientados con objetivos sociales y ambientales en su ADN, utilizando la contabilidad de costos reales;
  • seguridad económica para todos, y riqueza, ingresos, tiempo y poder distribuidos equitativamente, en lugar de depender de la redistribución;
  • trabajos que brinden significado y propósito y medios para un sustento decente;
  • reconocer y valorar la atención, la salud y la educación en el “nucleo”de la economía fuera del mercado; y
  • centrarse en las medidas de progreso que reflejen la creación real de valor.

Se está formando un movimiento creciente en torno a la idea de dicha economía. Comprende académicos que exponen la base de la evidencia, empresas que aprovechan actividades comerciales para cumplir objetivos sociales y ambientales, y comunidades que trabajan juntas no por una recompensa monetaria, sino que siguen los instintos humanos innatos de estar juntos, cooperar y colaborar. Tales esfuerzos serán mucho más fáciles a medida que los responsables de formular políticas pioneras se animen a alejarse de las restricciones impuestas por la visión del siglo XX del “desarrollo igual a PIB”. En su lugar, deben adoptar una nueva agenda para el siglo XXI: una economía preparada para ofrecer bienestar humano y ecológico. Este trabajo es un buen augurio para la creación de un mundo en el que nadie se quede atrás.

Traducción: Neus Casajuana

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https://www.sustainablegoals.org.uk/a-new-economy-for-all/

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