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Los nuevos lenguajes de la inacción climática

El negacionismo ha dado paso a algo más sutil: aceptar el problema, pero no actuar. Los discursos de dilación frenan la transición con argumentos de prudencia o realismo. Reconocerlos es clave para avanzar hacia una prosperidad sostenible.

Durante años, el principal obstáculo para la acción climática fue la negación abierta de la ciencia. Hoy, esa fase ha sido reemplazada por otra más sutil y, en muchos casos, más efectiva: la de los discursos de dilación. Ya no se niega el cambio climático; se acepta, pero se pospone su respuesta. Se le da la razón al diagnóstico, pero no se actúa en consecuencia.

El artículo Discourses of Climate Delay (Lamb et al., 2020), publicado en Global Sustainability, analiza precisamente este fenómeno. A partir de un amplio trabajo interdisciplinario, los autores identifican y clasifican los argumentos que, sin rechazar el consenso científico, justifican la inacción o los esfuerzos insuficientes. No se trata de negacionismo, sino de una retórica de la demora que traslada responsabilidades, sobredimensiona los costes y confía en soluciones ilusorias.

Lamb y su equipo distinguen cuatro lógicas principales: redirigir la responsabilidad, promover soluciones no transformadoras, enfatizar los costes de actuar y rendirse ante la imposibilidad del cambio. Juntas conforman una gramática de la inercia, una forma de neutralizar la urgencia con el lenguaje del sentido común.

La primera lógica —redirigir la responsabilidad— aparece cuando los actores buscan trasladar la carga de actuar hacia otros: los consumidores en vez de las empresas, los países del Sur en lugar de los del Norte, o los individuos en vez de los sistemas productivos. Este desplazamiento de culpa se apoya en lo que el estudio denomina whataboutismo: la idea de que “otros contaminan más” y por tanto deberían actuar primero. Es un mecanismo que fragmenta la responsabilidad y pospone la acción colectiva, en lugar de fomentar la cooperación y la corresponsabilidad.

La segunda lógica, la de las soluciones no transformadoras, se expresa en el llamado optimismo tecnológico. Se confía en que futuras innovaciones —captura de carbono, geoingeniería, aviones eléctricos— resolverán el problema a tiempo. Esta fe en el progreso tecnológico se acompaña, con frecuencia, de la idea de que el mercado y la innovación bastarán sin necesidad de regulación o transformación social. Sin embargo, los autores advierten que este discurso desvía la atención de los cambios estructurales que realmente se necesitan: modificar los patrones de producción, consumo y energía que sostienen el modelo fósil. El riesgo es que la tecnología acabe sirviendo al mismo sistema que pretende corregir.

La tercera lógica consiste en enfatizar los costes y las dificultades de la transición. Se invoca la protección del empleo, el miedo a la pérdida de competitividad o el riesgo de afectar el bienestar para frenar políticas climáticas ambiciosas. Son preocupaciones legítimas, pero se transforman en discursos de dilación cuando solo consideran los impactos negativos y no los beneficios potenciales de una transición justa: mejor salud pública, resiliencia local, innovación y creación de empleos sostenibles. Esta retórica del “realismo económico” se vincula a lo que los autores llaman perfeccionismo político: no avanzar hasta tener una solución perfecta y consensuada, aunque ello implique perpetuar la inacción.

Por último, la cuarta lógica —la de la rendición— adopta la forma del fatalismo o “doomismo”: la idea de que ya es demasiado tarde, que los cambios requeridos son imposibles o que las sociedades humanas no están preparadas para una transformación tan profunda. Este discurso, alimentado por el miedo y la fatiga climática, paraliza tanto como la negación. Renunciar a la acción bajo el argumento del colapso inevitable equivale, como apunta el propio artículo, a negar la capacidad colectiva de imaginar un futuro distinto.

El valor del trabajo de Lamb y sus colegas está en mostrar que estos discursos no son meros errores de comunicación, sino formas de poder discursivo. Cada uno de ellos cumple una función política: proteger intereses, retrasar regulaciones, mantener estructuras de beneficio. En una era en la que el negacionismo explícito ha perdido credibilidad, las estrategias de dilación se convierten en la nueva frontera de la resistencia al cambio.

Reconocerlas es un paso esencial para lo que los autores llaman “inoculación discursiva”: advertir al público sobre los mecanismos de la desinformación y fortalecer su capacidad crítica frente a los marcos narrativos que desactivan la urgencia climática. La comunicación, en este sentido, deja de ser una cuestión de transmitir datos para convertirse en una cuestión de reconfigurar significados: redefinir qué entendemos por responsabilidad, progreso o prosperidad.

En este punto, el análisis conecta con el propósito que desde REVO Prosperidad Sostenible promovemos: repensar el concepto de prosperidad desde una perspectiva regenerativa y equitativa. Buena parte de los discursos de dilación se sostienen en una visión estrecha del bienestar, asociada al crecimiento ilimitado y al consumo energético intensivo. Mientras la prosperidad se mida sólo en términos de expansión material, el aplazamiento será siempre una opción tentadora. Por eso, avanzar hacia un modelo de prosperidad sostenible —donde el valor se mida en bienestar humano y ecológico— no solo es una tarea económica o técnica, sino también cultural y discursiva.

El reto que subraya el artículo de Lamb et al. es, en última instancia, un desafío de imaginación colectiva. La transición climática requiere no solo políticas e inversiones, sino también nuevos lenguajes para pensar el cambio. Si el discurso del retraso se alimenta de la desconfianza y la resignación, la respuesta pasa por construir relatos de posibilidad: mostrar que la acción es viable, justa y deseable. La ciencia del clima ha descrito con precisión el problema; ahora la tarea es narrar la solución.

Como recuerda la conclusión del estudio, los discursos de dilación no desaparecerán. Cambiarán de forma, se adaptarán a los nuevos debates —sobre inteligencia artificial, hidrógeno verde o compensaciones de carbono—, pero mantendrán la misma función: ganar tiempo para no actuar. De ahí la importancia de mantener una vigilancia crítica y de cultivar una deliberación pública robusta, capaz de diferenciar entre la prudencia necesaria y la dilación estratégica.

En ese horizonte se sitúa la tarea común de quienes trabajamos por una prosperidad sostenible: reconstruir los lenguajes de la acción colectiva. Comprender las formas de la inacción no para denunciarlas únicamente, sino para desactivarlas desde la práctica, la cooperación y la visión compartida de un futuro posible.

Referencia:
Lamb, W.F., Mattioli, G., Levi, S. et al. (2020). Discourses of climate delay. Global Sustainability, 3, e17. Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/sus.2020.13

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