01.03.2026

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¿Por qué la batalla contra las ONG en la UE es un ataque a la democracia?

Frente a los ataques de la extrema derecha, eurodiputados de distintos grupos políticos se comprometen a proteger a las organizaciones independientes y a garantizar su participación.

En Bruselas se está librando una batalla que no aparece en los titulares diarios sobre inflación, guerra o competitividad. Es menos visible, pero profundamente estructural. No se trata solo de presupuestos o directivas. Se trata de algo más básico: quién tiene derecho a estar en la mesa donde se toman las decisiones europeas.

Esta semana, eurodiputados de distintos grupos políticos lanzaron el Manifesto on Civil Society, comprometiéndose a proteger a las organizaciones independientes y garantizar su participación estructurada en la elaboración de políticas europeas. En un momento de presión creciente sobre el espacio cívico, no es un gesto simbólico. Es una línea roja democrática.

Porque, mientras unos defienden la participación, otros están intentando vaciarla de contenido.

La investigación que nunca fue sobre transparencia

En paralelo al manifiesto, una iniciativa impulsada por eurodiputados de extrema derecha promueve una investigación sobre la financiación europea a ONG. Oficialmente, el argumento es la “transparencia”. Pero el enfoque y la narrativa del proceso revelan que la cuestión nunca fue meramente contable.

Según este artículo de EUObserver, el objetivo político subyacente sería debilitar a organizaciones ambientales y sociales que han sido especialmente activas en la defensa del Pacto Verde y de regulaciones en materia de biodiversidad, clima o salud pública. No es una casualidad que los ataques se concentren en quienes cuestionan intereses fósiles o corporativos.

La paradoja es evidente: quienes dicen defender la transparencia parecen menos preocupados por el poder de los grandes lobbies empresariales que por el escrutinio democrático que ejercen las organizaciones de interés público.

¿Las ONG “hacen lobby” con dinero europeo?

La acusación repetida es que la Comisión Europea financia ONG para que hagan lobby en favor del Green Deal. Pero esta afirmación ha sido desmontada en distintos foros.

Politico publicó un fact-check detallando que la financiación europea no depende de la orientación política de las organizaciones, sino del cumplimiento de criterios legales y técnicos. La Comisión fue clara en audiencia pública: las opiniones políticas no son criterio de financiación; el respeto a los valores de la UE sí lo es — dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de derecho y derechos humanos.

Además, el propio European Environmental Bureau (EEB) ha publicado un documento de preguntas y respuestas sobre la financiación compartida de ONG que detalla mecanismos de control, auditoría y transparencia. Lejos de operar en la opacidad, estas organizaciones están sometidas a exigencias administrativas y de rendición de cuentas mucho más estrictas que muchos actores privados.

La idea de que existe una “maquinaria oculta” financiada por Bruselas para manipular políticas públicas no resiste un análisis serio. Pero sí funciona como herramienta retórica para erosionar legitimidad.

Cuando el problema no es la transparencia, sino el pluralismo

El EEB y otras organizaciones han advertido de que la investigación parlamentaria tiene un sesgo ideológico evidente y ha sido boicoteada por otros grupos políticos por considerarla desproporcionada y orientada a desacreditar.

La pregunta de fondo no es si debe haber transparencia — debe haberla, siempre — sino a quién se le exige, con qué intensidad y con qué intención política.

Si el escrutinio se dirige casi exclusivamente hacia organizaciones ambientales y sociales, mientras el poder estructural del lobby fósil o digital permanece intacto, el resultado no es mayor democracia. Es un reequilibrio del poder a favor de intereses concentrados.

Un informe de ClientEarth sobre amenazas al espacio cívico en Europa muestra un patrón más amplio: restricciones legales, campañas de descrédito y presión institucional contra organizaciones que litigan o inciden en políticas públicas ambientales. Lo que ocurre en Bruselas no es un fenómeno aislado, sino parte de una tendencia continental.

¿Qué pasa cuando se desmonta la sociedad civil?

La pregunta más inquietante la formula también EUObserver: ¿qué ocurre después de desmantelar las ONG?

Cuando se debilita la sociedad civil independiente:

  • disminuye el escrutinio público,
  • se reduce la calidad técnica del debate,
  • y aumenta la influencia desproporcionada de actores con capacidad económica.

La sociedad civil no sustituye a la democracia representativa. La complementa. Introduce evidencia, experiencia territorial y perspectiva intergeneracional. Actúa como contrapeso. Si desaparece o se intimida, el vacío no queda neutral. Se llena. Y suele llenarse con quienes pueden pagar acceso.

El verdadero dilema: ¿qué mesa queremos?

El debate no es técnico. Es profundamente político.

Si aceptamos que solo quienes disponen de grandes recursos económicos pueden influir de manera sostenida en Bruselas, entonces la democracia europea se transforma silenciosamente en un mercado de acceso.

Pero si creemos en los valores fundacionales de la Unión — aquellos que la Comisión recordó en audiencia pública — entonces la participación estructurada de organizaciones independientes no es un privilegio. Es una condición de legitimidad.

El Manifesto on Civil Society plantea precisamente eso: proteger el espacio cívico y garantizar participación estructurada en la formulación de política. No se trata de blindar a ninguna organización concreta, sino de preservar la arquitectura democrática.

Interés público frente a intereses particulares

El conflicto actual puede resumirse de forma sencilla: interés público frente a intereses particulares.

Las organizaciones ambientales, sociales y de derechos humanos no representan accionistas. Representan causas. Pueden equivocarse, como cualquier actor político, pero su función estructural es ampliar el debate, introducir evidencia científica y defender bienes comunes.

Quienes buscan reducir su influencia no están defendiendo neutralidad institucional. Están defendiendo un modelo de gobernanza donde la influencia se mide en capacidad financiera.

En un contexto de crisis climática, desigualdad creciente y tensiones geopolíticas, Europa necesita más deliberación democrática, no menos. Más pluralismo, no menos. Más capacidad de vigilancia pública, no menos.

La cuestión no es si las ONG deben ser transparentes. Deben serlo.
La cuestión es si la transparencia se usa como herramienta de mejora democrática o como arma política para silenciar.

Y ahí es donde se decide qué tipo de Unión Europea queremos.

Una donde la política se hace en nombre del interés público.

O una donde la mesa pertenece a quienes pueden comprar la silla.

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