Hace quince años tuvo lugar el accidente nuclear de Fukushima. Supuso un punto de inflexión en la política energética. Publiqué entonces, junto a Cristina Narbona, La energía después de Fukushima. El debate nuclear parecía zanjado. Quedaban algunos flecos, en apariencia periféricos: ¿qué hacer con los residuos?
La tecnología nuclear es, si se permite el paralelismo que utilizó Ulrich Beck, lo más parecido a subirse a un avión sin preguntar por la pista de aterrizaje. No sabemos ni dónde está esa pista, ni cuánto costará llegar a ella, ni mucho menos quién pagará la factura. Jürgen Trittin, exministro verde de Medio Ambiente, consideraba inaceptables las propuestas del informe —cofirmado por Miriam Staudte, de su propio partido— en el que se eludía la obligación de asumir esos costes. Todo indicaba que se daba por hecho que recaerían, una vez más, sobre los contribuyentes.
Recaída regresiva

En apenas dos décadas, el mundo se ha vuelto irreconocible. En 2003, Habermas y Derrida firmaban Lo que nos une. Hoy el título sería «lo que nos separa». Aquello era un alegato contra la guerra de Irak y el quebrantamiento del derecho internacional. Hoy, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirma que “Europa no puede ser la guardiana del viejo orden mundial” y apela al “realismo”. ¿Que es realismo? Hobbes era realista, Kant era idealista. Hobbes proponía despedirse del derecho internacional y asumir la lógica de la fuerza. Trump sigue, en este sentido, el realismo político de Mao: un poder no basado en el derecho, sino en los cañones.
Robert Kagan señala, dentro tsunami neocon, el regreso de la historia: se acaban los sueños y volvemos a la «normalidad». Hilary Clinton y los democratas abrazaron, sin complejos, su tesis: lo excepcional, en la historia, es el intento de constitucionalizar las relaciones internacionales para evitar un largo periodo sin carnicerias. Trump, en su segundo mandato, sigue una politica «guerrera» ancestral en la que se producen los choques de civilizaciones. No sólo es la lucha por los recursos, espacios vitales, intereses económicos y politico. Vuelve el fundamentalismo identitario nacional-religioso. El mundo vive en una recaida regresiva que conduce al mundo previo a la paz de Westfalia.
Angela Merkel, con mayor sutileza, ha descrito esta nueva geopolítica como el abandono de los “intereses comunes” y de los «marcos normativos» para defender intereses propios.
Trump encarna, además, una doble lógica: la del depredador y la del promotor inmobiliario. Extrae recursos —petróleo, minerales críticos— y reconstruye al mismo tiempo. Sin embargo, hay elementos que permanecen. Algunas afirmaciones de La energía después de Fukushima siguen vigentes: “España ondea en solitario la bandera antinuclear”. Se han convertido en un mantra repetido durante quince años, no para transformar la realidad, sino para bloquear el cambio. Hoy oímos trompetas de un renacer de la energía nuclear. ¡Las licencias de operar las centrales nucleares no son eternas!

Las raíces intelectuales irracionales del romanticismo alemán.
Alemania, desde 2022, ha demostrado que es posible mantener un suministro eléctrico fiable sin energía nuclear. Japón, por su parte, mantiene operativas solo 15 de sus 54 centrales. Y, sin embargo, los defensores de la energía nuclear insisten en que, de no estar “estigmatizada”, viviría una expansión global.
Ursula von der Leyen ha calificado la reducción de la energía nuclear como un “ error estratégico”. Merz ha reabierto el debate, aunque ha renunciado a su promesa electoral de reactivar centrales. Para la economista Claudia Kemfert, el verdadero error fue otro: la apuesta por el gas.
Durante años se repitió que la transición energética requería “energías puente”. También que el consumo eléctrico se duplicaría. Joan Groizard, secretario de Estado de Energía, subraya que las renovables atraerán nueva demanda. Betariz Corredor, presidenta de REE, apunta al crecimiento de la industria digital y la inteligencia artificial. Pero los datos desmienten el mantra: hoy consumimos menos electricidad que en 2007.
Transición energética sin soberanía geopolítica.
No fue Merkel la que impulsó la transición energética, ni el goberno roji-verde, sino el resultado de maniobras de diputados del SPD y los Verdes. Ernst Ulrich Weizsäcker recuerda la astucia de Hermann Scheer. Lo que vino después fue una atroz campaña mediatica contra aquel cambio de rumbo.
Recordemos que Joschka Fischer, ministro de Exteriores del gobierno rojiverde, tras dejar el cargo fue invitado a universidades de Estados Unidos. La RWE le ofreció, a la vuelta, un puesto de lobista para un gaseoducto de 3.300 kilómetros. Siempre fue ambicioso. Países históricamente enfrentados, desde tiempos inmemoriales, tendrían un interés compartido —el gaseoducto— para pasar a cooperar pacífica y amistosamente.

Joschka Fischer, exvicecanciller, no se ríe de los comentarios del excanciller Gerhard Schröder. Advierte contra la dependencia del gas iraní y 12 países más por donde ha de pasar gas, sin saber exactamente de qué país procede. Le dice a la prensa: “decírselo a Joschka”. Le recordaba que mientras Joschka era el camarero Nabucco, él era el chef del Nord Stream.
Fue algo más que la competencia entre dos gaseoductos —Nabucco y Nord Stream—: fue un duelo entre dos viejos socios. El excanciller socialdemócrata Gerhard Schröder tenía un consorcio más manejable: Gazprom, E.ON, BP, Engie. Acuerdo bilateral Alemania-Rusia; no una conferencia de teocracias. Las estrategias alemanas para diversificar riesgos en el suministro de gas han sido contraproducentes. Ni gas ruso ni gas iraní. Un drama.
Ni uno ni otro gaseoducto eran, para Claudia Kemfert, necesarios. La situación recuerda la línea de ferrocarril de Qatar a Berlín, a inicios del siglo XX, que amenazaba la hegemonía británica. Vuelven los mapas que dibujan la geopolítica. Ahora Europa consume gas de Estados Unidos. Dibujé los renglones torcidos de la transición energética
Alemania se pegó un tiro en un pie. Von der Leyen apunta al otro. Desde 2021, cuando acaba la era Merkel, tenemos guerra en Ucrania, otra en Gaza y, ahora, en Irán. Alemania se ve obligada a prescindir del gas barato ruso. Trump dijo que Alemania no atendía a sus intereses. Merkel responde a Biden que las gasísticas tienen, al menos en Alemania, libertad de mercado. Merkel en su biografía se reivindica. Pero lo cierto es que sin gas barato, se favorecen las exportaciones de China, la economía alemana se estanca, y los puentes, las carreteras y los ferrocarriles se van cayendo a pedazos. ¿Cuándo pasó Alemania de ser el modelo de transición energética a ser el espejo en el que no mirarse? Repasemos las fechas:
La primera: el presidente de Baden-Württemberg y del Bundesrat, Hans Filbinger, en 1977 calificó de peligrosos para el progreso del país el incipiente movimiento antinuclear: «las luces se apagarán sin nucleares». Lo que ayer sonaba ridículo, hoy queda rehabilitado: no falta quien defiende una transición energética compatible con que no haya apagones, lo que, desde el 28 de abril, significa tener al menos 3 GW de gas, no 0,6 GW.
La segunda: cuando Gerhard Schröder, futuro canciller de la coalición del SPD y Los Verdes, participaba en 1979 en las protestas contra el cementerio nuclear en Gorleben. Ha sido una crónica de los terrores de los residuos radiactivos con una vida de 24.000 años —lo que tarda el Sol en dar la vuelta a la Vía Láctea—.
La tercera: la entrada de Los Verdes, fundados en 1980, en el gobierno de Hessen en 1985. Joschka Fischer, con deportivas, aceptaba el cargo de ministro de Medio Ambiente. «¿Le compraría un coche de segunda mano a este hombre?» fue la portada del diario sensacionalista Bild. El diario El País, en cambio, se fija en Otto Schily: «el verde más peligroso… se corta el pelo con regularidad… no lleva pegatinas, ni viste jerséis tricotados… ni calza zuecos ortopédicos».
En 1986 se produjo Chernóbil. Los suecos fueron los primeros en informar del accidente nuclear. La nube radiactiva —informativamente hablando— esquivó todos los estados federales excepto Hessen. Allí Joschka Fischer evitó que la percepción oficial del riesgo fuese, como en otros Länder, inversamente proporcional a la magnitud del desastre. Una absolución funcionalista de Chernóbil.
Los Verdes, en 1987, rompen la coalición, exigen el cierre inmediato de las nucleares y, tras las elecciones, entra una coalición liberal-conservadora. Hermann Tertsch, en El País, tituló en 1988 «El ocaso de los verdes». En 1989 quedaron fuera del Bundestag. Ludger Vollmer, tras la muerte de Petra Kelly, apaciguó las guerras internas atroces, buscó la unidad de la izquierda y fue calificado de «verdi-pardo».
La cuarta: el cambio de gobierno en 1998, esta vez decidido por los ciudadanos, pues desde la Segunda Guerra Mundial los cambios eran resultado de rupturas de coaliciones. La coalición de SPD y Verdes pone fin a la energía nuclear de forma escalonada para 2021, algo tabú en 1987.
Jürgen Habermas señalaba —en Die Zeit— que hubo un proyecto rojiverde a finales de los años ochenta, cuando aún se podía contar con la victoria de Oskar Lafontaine ante las constricciones de una economía global. Harald Welzer resalta el temperamento político de Gerhard Schröder: desde entonces, en Alemania no pasa nada.
La política energética rojiverde, en favor de las energías renovables y el cierre nuclear, fue calificada por la CDU de «cementerio industrial». Las «barbaridades» se hicieron al comienzo: fiscalidad ecológica, concepción republicana de ciudadanía y vuelco energético. El gobierno tardó poco en derogar el «programa de techos solares».
La quinta: una década después, sin el SPD en el gobierno, en 2010 el Ejecutivo sucumbe a las presiones del lobby nuclear. Reclama, con bonitas palabras, una transición energética responsable, sin ideologías, apartada de las pasiones, con realismo y valentía para afrontar el futuro. Merkel hizo suya toda esta verborrea.
Aconteció lo inesperado: Fukushima, el 11 de marzo de 2011. El accidente nuclear marca un antes y un después: el concepto de seguridad que manejaban estaba oxidado. Para el líder del SPD, Sigmar Gabriel, fue el Waterloo de Angela Merkel. La década de insultos e insinuaciones ridículas se acabó. La transición energética aparece como resultado del liderazgo de Angela Merkel para alcanzar «consensos».
Revisores de revistas científicas pueden tumbar a quien ose salirse de este relato a partir de artículos indexados. Se llega a acusar a Angela Merkel de ir más lejos que Willy Brandt en la “Ostpolitik”.
La sexta: dos semanas después de Fukushima, elecciones en Baden-Württemberg. La CDU perdía su feudo histórico, en el que ganaba elección tras elección con amplias mayorías. El Land más rico y próspero pasaba a manos de Los Verdes.
Días antes, las meteduras de pata eran antológicas: el ministro de Industria, de los liberales, consideraba que Merkel iba de farol: lo dice, pero no lo va a hacer. Cerró, de un plumazo, ocho centrales nucleares. El secretario general de la CDU, que conserva cierto temperamento político, dijo que hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez del ministro de Industria.
Rainer Brüderle disfrutó de su último telediario: fue cesado por Merkel. Dejó claro que no hay alternativa al abandono de la energía nuclear.
Desde 2011 gobiernan Los Verdes en Baden-Württemberg. La CDU descendió al 39%, y Los Verdes, con el 24%, y el SPD, con un 23%, se hicieron con el gobierno. Winfried Kretschmann, un veterano ecopacifista de 62 años, se hacía con la presidencia.
El pasado domingo, 8 de marzo de 2026, Los Verdes, con otro candidato, revalidan por la mínima la presidencia de Baden-Württemberg. Se presenta otro «veterano»: Cem Özdemir. Además de resaltar que forma parte del sector pragmático, los «realos», se señalan sus raíces turcas. Su biografía es un mosaico de identidades que, lejos de constituir una debilidad, es una fortaleza: le permite conectar con una amplia variedad de sectores sociales.
La izquierda clásica tiene aversión a la diversidad y la pluralidad, como si se tratase de un disolvente del viejo sujeto político. «Alternativa por Alemania» pedía a Cem Özdemir que regresara a Turquía. Cem Özdemir responde que su hogar es su ciudad Bad Urach es su hogar,no Turquía. Rechaza la «integración» que reclaman fundamentalistas desgastados para hacer un esfuerzo hermenéutico que permita comprender la diversidad de la propia sociedad.
Séptima: el pasado domingo, Los Verdes obtuvieron un 30,2% frente al 29,6% de votos de la CDU, un 18,8% de Alternativa por Alemania y un 5,5% del SPD. No es tarea fácil sustituir a Winfried Kretschmann: poscomunista, ambientalista y católico devoto. Tras graduarse, trabajó como profesor con fama de usar métodos poco convencionales; descubrieron que tenía ese temperamento tan escaso en la política. El pasado año se presentó en una escuela de pedagogía Waldorf para someterse a preguntas de los estudiantes. Les dijo, «los populistas de derecha exacerban el miedo al otro. Las redes sociales son los nuevos bares locales, pero con mucha más gente». Antes de despedirse de los estudiantes, les hizo una súplica: la libertad es la esencia de la democracia y vivimos en una sociedad con 80 millones de opiniones distintas. La democracia es reconocer este hecho. Debe ser posible alcanzar un entendimiento en una sociedad diversa. Y enfatizó: «el debate civilizado mantiene unida a la sociedad, el debate incivilizado la divide».

¿Qué lecciones podemos extraer de todo esto?
Igual que dentro de la sociología hay un “nacionalismo metodológico” (el mundo gira alrededor de las naciones, lo que nos hace ciegos al giro copernicano), existe una “polaridad metodológica” (un diagnóstico confirmado por el supuesto de partida). Luis Miller, del CSIC, diferencia entre una polaridad pragmática y otra dogmática. Analiza la encuesta del CIS sobre la polarización. La brecha, en Estados Unidos, entre católicos demócratas y evangelistas republicanos se ha volatilizado; en España, señala el investigador del CSIC, los católicos se comportan —electoralmente— como “evangélicos estadounidenses”. ¿Combatir el voto ultra pasa por modernizar y secularizar la sociedad?
En 2011 Baden-Wurttemberg, un feudo católico y conservador, dio un giro de 180 para pasa a estar presidido por Winfried Kretschmann, católico devoto de Los Verdes. Arrancó votos a la CDU. Con apenas tres semanas en el cargo los vecinos barvaros pidieron a las grandes empresas que se trasladaran a Baviera. Gobernar exige «en términos religiosos, la bendición de Dios», señala Winfried, y «en términos profanos, fortuna». Resulta incomprensible la correlación que establece el CSIC entre la moral católica y la politica reaccionaria. ¿Carece el CSIC de radares para percibir los cambios «subterráneos» introducidos en la comunidad católica por los pantifices Francisco y León XIV? Windfried resalta de Francisco «lnecesidad de preservar la creación», con Laudato Si, y «la mision con los pobres» dando pasos para una constitución sinodal de la Iglesia. Puso todos las banderas de Baden-Wurttemberg al morir Francisco a media asta.

La democracia necesita religión
Los siguiente libros hablan de la relación entre religión y democracia:
El libro “Demokratie braucht Religion”- «A la democracia le hace falta la religión»- (traducido y editado en Fragmenta) , de Hartmut Rosa. el último heredero de la teoría crítica o Escuela de Frankfurt, no es una apología “ultra”; es la sombra del «giro teológico” del ultimo Habermas que antepone la religion al patriotismo constitucional. La religion ofrece a la democracia “resonancia”, El antídoto al fundamentalismo.
En la obra colectiva “¿Por qué ser cristiano hoy?” leemos agudas reflexiones de Winfried Kretschman que expone una mirada crítica con la iglesia.
Si Los Verdes no tuvieran nuevos militantes, nos estaríamos devanando los sesos en cómo revertir esa situación; a la iglesia no le preocupa la escasez de vocación sacerdotal. Mantiene el celibato, la exclusión de las mujeres del sacerdocio, un pedrismo y marianismo que masculiniza la Iglesia y mantiene las relacioens de poder. El clericalismo, decía Francisco, es el cáncer de la Iglesia y fuente de los abusos.
León XIV combate con vehemencia la polarización que otros promueven. Pide «armar las palabras». El abandono de la energía nuclear en Alemania, señala Habermas, no surge desde las élites, sino de oír las “motivaciones” de los de abajo: los movimientos sociales. Para Francisco, las motivaciones brotan de la fe. El Vaticano, después de 15 años, busca cómo implementar Laudato si. ¿Cómo mantener la tesis de la correlación entre una identidad religiosa y una identidad política reaccionaria?
Izquierda ecológica y laica en una mundo polarizado.
¿Vivimos en un mundo polarizado o la polarización es un supuesto sociológico con el que se interpreta el mundo? El imperio nuclear, 15 años después, no cabe duda de que lanza un contraataque. La prensa ha dicho que la CDU pretende reabrir las centrales nucleares en fase de desmantelamiento. Tras cerrar los dos últimos reactores, Merz no propuso reabrirlas, sino no desmantelarlas por si en el futuro eran necesarias. El candidato verde y, entonces, ministro de Energía, Robert Habeck, se mostró dispuesto a llegar a acuerdos. Jürgen Trittin mostró, en una dura crítica, que “la audacia es desconcertante” en su partido. Las nucleares se cierran o se abren; no se tienen medio cerradas y medio abiertas.
Robert Habeck optó por un retraso temporal de tres meses que evitaría que las luces de Alemania se apagaran. ¿Un 4% de la electricidad generada por las nucleares aporta “inercia” y «frecuencia» para mantener las luces encendidas? La falta de temperamento se paga electoralmente. Las encuestas lo convertían en el próximo canciller. La maldita demoscopia. Y las malditas medias verdades sin las cuales no serían posibles titulares engañosos: “Alemania deja al Gobierno de Pedro Sánchez solo en su lucha por cerrar las nucleares”.
El CIS muestra la división ideológica entre la izquierda, que da un amplio apoyo —entre el 65% y el 75%— a la prohibición de la venta de coches de combustión a partir de 2035, y VOX, con un escaso apoyo del 21%, y el PP, del 37%. El patrón se repite con los impuestos ecológicos: 90% de la izquierda frente al 70% del PP y el 52% de VOX. El CIS muestra que el 64% de los católicos vota a la derecha: PP y VOX. ¿Es la identidad religiosa la que explica el comportamiento electoral o es el comportamiento electoral el que explica súbitas conversiones al catolicismo?
Esa cultura ultra, a falta de ideología sólida, abraza el fundamentalismo, incluido un catolicismo preconciliar. La película “Los domingos” destaca la valentía contracultural de la joven que quiere ingresar en un convento de clausura. La contracultura ha cambiado de bando.
Voto católico y voto de derecha
“Si votas a la derecha”, señala Luis Miller, del CSIC, “es más probable que te declares católico, defiendas mayores restricciones migratorias, quieras que el aborto esté más regulado, priorices el crecimiento económico sobre la transición climática, consideres que el feminismo ha ido demasiado lejos o reclames más inversión en defensa”. La conclusión, paradójica paraecería ser que Francisco y, ahora, León XIV son fervientes anticatólicos.
Javier Cercas describe a Francisco como más anticlerical que él. Alguien recordará las consignas franquistas: “Sofia Loren si, Montini no”. Después de la muerte de Franco se gritaba “Tarancón al paredón”. La cárcel de curas rojos en Zamora es consecuencia de represalias a las peticiones de clemencia de Pablo VI a Franco por las penas de muerte.
Existe otro tipo de sociólogos. Para Hartmut Rosa, al que hemos citado, la democracia necesita de la religión: ofrece resonancia, un anclaje trascendente contra el fundamentalismo.
Volvamos al tema inicial. ¿El cierre de las centrales nucleares es otro elemento de polarización de la sociedad? En el libro «La energía después de Fukushima» se destaca el fin de la otra guerra de treinta años. Era el triunfo de la democracia y un relevo generacional. No lo inicio Angel Merkel en 2011, sino en 1998 cuando se produce algo más que un relevo de gobierno: un cambio del poder. La coalición rojiverde recupera la idea de «transición energética» de Willy Brandt. Hoy los profetas de la energia nuclear reabren la «guerra cultural» que, hace dos décadas, parecia cerrada.
En España el calendario de cierre pactado, en 2019, entre ENRESA y nucleares no va en la dirección del calendario alemán: supuso alargar la vida útil más allá de los 40 años. Luis Miller, del CSIC, ve en el gobierno una «estrategia de polarización… más pragmática que dogmática». El gobierno introduce temas, como la religión, la nuclear, la emigración, etc., que une sus votantes y divide los de derechas. ¿Es así? ¿Cómo sabe el CSIC qué temas divide a los de enfrente y une los propios? Los resultados electorales muestran que la polarización beneficia a VOX. ¿Y quien es el más danmificado, PSOE o PP?
La iglesia católica, durante la transición, no era un factor determinate en el voto o, si se quiere, el voto catolico era tan plural como la sociedad. Pablo VI fue objeto de ataques por parte del régimen franquista. Recordemos el lema: «Tarancon al paredón». Una extrema derecha hostíl al extremo con la Iglesia.
No se libran, hoy, ni Francisco y Leon XIV. ¿Será cierto que los católicos en España votan igual que los fundamentalistas evangelistas en Estados Unidos y que, con ello, nunca ha pesado tanto en las eleccciones el voto católico? José Félix Tezanos, director de CIS, acusaba a la Iglesia de ir contra Pedro Sánchez; algo que ya viene de atrás, cuando Franco, y no el Papa, era quien nombraba los obispos.
¿Tensionar el voto católico forma parte de esa «polarizacion pragmática»? Luis Miller, del CSIC, dibujaba una sociedad fragmentada por creencias, preferencias e intereses exacerbados estrategicamente por los partidos políticos, si bien esas diferenciacion de valores se produce en la izquierda y es inexistente en la derecha.
La tesis de la La izquierda puede No parece muy feliz el Arzobispado de Madrid , Cardenal José Cobo, con congregaciones como el de las Hijas del Amor Misericordioso: la acaba de disolver. Forma pare del boom del «catolicismo cool» muy en boga e influyente en una derecha radical. Pregunte a los obispos acerca del «bombardeo espiritual» y «abuso emocional» de esos retiros. Un narcisimo capaz de abrazar la espiritualidad con tal de ganar seguidores.

