El decrecimiento energético y demográfico o la tragedia de los parches

Ante el problema del calentamiento climático se soslayan dos aspectos fundamentales, sin los cuales, difícilmente la transición energética y social, podrá tener efecto: el decrecimiento energético por la merma de los recursos en general, y una demografía exageradamente elevada y sin control previsible

Dr. Francesc Sardà (Mayo, 2019)

Ante emergencias extremas como son el aumento de la temperatura del planeta y la disminución de los recursos naturales y energéticos, el sistema sociopolítico y económico actual responde con medidas a todas luces insuficientes para evitar el colapso. La mayoría de los estamentos científicos internacionales y parte de la sociedad, así lo denuncian y argumentan con rigurosos datos.

Fuente: Naciones Unidas

Estas entidades, preocupadas por la falta de respuesta institucional global, lamentan día a día la inoperancia y falta de decisiones para hacer frente a dicha problemática. La mayoría de ellas abogan por una rápida y muy corta etapa de transición energética hacia energías menos contaminantes, sistemas de producción agropecuarios más sostenibles y una innovación técnica que mitigue los efectos del calentamiento global, de manera similar a como se desarrollarían en una “economía de guerra”.

Sin embargo, se soslayan dos aspectos fundamentales, sin los cuales, difícilmente la transición energética y social, rápida o lenta, podrá tener efecto: el decrecimiento energético por la merma de los recursos en general, y una demografía exageradamente elevada y sin control previsible. Ambos fenómenos son parámetros de una ecuación sin los cuales la transición energética no queda asegurada ni en cuanto a su suficiencia ni al tiempo. Pero más allá de los números que pueden hacerse para demostrarlo, se trata simplemente de una cuestión de pura lógica. Ni el crecimiento económico, ni siquiera su estancamiento (economía estacionaria y/o circular), podrán hacer frente a una demografía sin control (o simplemente abandonada a su propia regulación natural) y con diferencias sociales cada vez mayores. Actualmente, ya se necesitarían más de dos planetas como el nuestro para abastecer toda la población humana con una mínima disponibilidad alimentaria. Por lo tanto, ni siquiera un estancamiento de la demografía actual podría garantizar mínimamente las necesidades básicas de la humanidad en tiempos futuros si tampoco lo puede hacer ahora. Es por ello que, hablando en términos matemáticos, la ecuación tiene un límite que debe tender al decrecimiento. Preguntémonos: ¿podemos afrontar ahora la sostenibilidad ecológica futura a través de una transición política, económica, tecnológica, energética y social, que debía haber comenzado 50 años atrás cuando había menos de la mitad de la población mundial actual? ¿Es esto posible con la voluntad de tener el mismo nivel de desarrollo vital y de producción material que nos ha llevado a la situación actual? La respuesta es rotunda: NO. Debe disminuir la energía per cápita y la manera más efectiva de conseguirlo es controlando ambos factores: el crecimiento i el capita globales.

A partir de aquí, entramos en el campo de lo políticamente correcto (pero posiblemente éticamente perverso). No se recomienda hablar de decrecimiento para no “asustar” o “desanimar” la gente. Es decir, por no inquietar y perder al votante; y tampoco es aconsejable hablar del problema demográfico, porque no estaría bien visto y podría hacer pensar en inquietantes éticas de tipo malthusiano. Desgraciadamente, en los discursos oficiales actuales estos dos temas están silenciados, quedando siempre abandonados en el cajón. No se introducen abiertamente en debates directos y profundos.

Se quieren solucionar los problemas pero mayoritariamente se hace de manera inconexa y tangencial (en parches), con la idea de que intentando resolver un problema concreto contribuimos a resolver un problema general y complejo. La cuestión es que, siguiendo este camino, en parte no se afronta la realidad con la justificación de que el camino es difícil, muy pesado o políticamente incorrecto y susceptible de malas interpretaciones… y, por tanto, -“más vale hacer cualquier cosa sensata en un entorno amable y complaciente que no hacer nada”-. Pero hay que denunciar que con esta filosofía tal vez “ingenua” se contribuye a su vez a perpetuar el problema de fondo.


El estamento político, paralizado por los grandes grupos de presión y la necesidad de votos, no se decide a atacar el problema de raíz y echa mano de soluciones parciales que, en todo caso, sólo podrán mitigarlo. Aquí radica la contradicción. Muchos científicos, técnicos y activistas y, incluso, grandes corporaciones estatales o del UE, a través de los canales de subvenciones estatales, locales y del mundo empresarial, contribuyen a buscar soluciones paralelas que no hacen más que retrasar el hecho de afrontar el problema de base. En realidad, están impidiendo decisiones valientes y la aplicación de las medidas necesarias de carácter urgente. La perversidad del proceso se manifiesta en que estas alternativas paralelas tranquilizan los diferentes sectores sociales por la sencilla necesidad humana de mantener esperanzas de futuro, generar desaliento y frustración y también para evitar cambios que alteren su día a día. Y así es como con medias verdades y eufemismos se contribuye a que nada cambie aparentemente y a mantener la conciencia dormida ante el alcance y la proximidad de la catástrofe.

Muy probablemente, la mayoría de soluciones técnicas que hoy en día damos al reto del aumento de temperatura global no sólo no generarán el efecto deseado con la urgencia necesaria sino que tampoco serán las que finalmente se implementen. Incluso muchas de ellas ni siquiera pretenden resolver el problema, tan sólo mitigarlo como ya se manifiesta abiertamente en algunos foros asumiendo que “ya no estamos a tiempo”. Incluso se prevé que, una transición energética llevada a cabo en magnitud y tiempo, aún contribuiría más al consumo de energías fósiles durante los primeros años y, por tanto, a aumentar la emisión de gases de efecto invernadero. Por tanto, desde el mundo científico se teme que el factor exponencial de los procesos y de las retroalimentaciones hagan acelerar los cambios ambientales futuros y, también, su imprevisibilidad; y con ello, la aparición de nuevos efectos y peligros ya totalmente fuera del control humano. Pensemos que este futuro se afronta con menos recursos energéticos que los existentes hasta ahora y con una visión capitalista y neoliberal que todavía habla de crecer durante años.


Por otro lado tenemos la denominada paradoja de Jevons, o “efecto rebote” que afirma que: a medida que el perfeccionamiento tecnológico aumenta la eficiencia con la que se utiliza un recurso, es más probable que se produzca un aumento del consumo de dicho recurso que una disminución. Concretamente, la paradoja de Jevons desvela la realidad lógica de que la introducción de tecnologías con mayor eficiencia energética puede acabar aumentando el consumo total de energía. Es decir, la tecnología utilizada únicamente desde una visión antropocéntrica puede ser buena e imparable, pero al mismo tiempo, si no se aplican desde el principio medidas restrictivas serias de contención a su expansión, volverá a ser parte del mismo problema generando una retroalimentación positiva más.


Ante la tesitura actual del cambio climático y el calentamiento global, de la merma de los recursos minerales, fósiles y vivos, de la pérdida de biodiversidad, de disminución de suelo agrícola fértil, del retroceso democrático a nivel mundial, etc., etc., no hay que hacer el juego al sistema, al menos nosotros, los científicos, técnicos, intelectuales y activistas. Desvelemos claramente la realidad dentro de un concepto ecológico real y global. La visión antropocéntrica es parte fundamental del problema y sólo una estrategia global directa y responsable, que reconozca y acepte la integración del hombre en la naturaleza con la justa y mínima huella ecológica, podrá desacelerar la degradación ambiental y agroalimentaria de nuestro planeta.


Cuestionémonos de qué manera estamos contribuyendo al engaño de la sociedad utilizando términos que son eufemismos y medias verdades o parches. ¿Es ético no decir las cosas por su nombre en pro de una supuesta “necesidad de protección o seguridad” de la gente? Guste o no, tenemos que transmitir la información de que sin DECRECIMIENTO GLOBAL Y DECRECIMIENTO DEMOGRÁFICO, no habrá futuro.

Reflexión interesante: https://www.ara.cat/societat/Canviar-terminologia-transformar-realitat_0_2240176098.html

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Un comentario

  1. Josep Ramon Aragó

    Hay que cambiar el sistema en un entorno decreciente. Hay experiencias parciales, pero falta un centro de poder mundial que meta en vereda a los Estados Unidos. La información no viene del futuro, sino del presente.

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