Autor: @pablomiar
En 2021, Gaya Herrington —entonces directora de análisis de sostenibilidad en KPMG y máster por Harvard— publicó en el Journal of Industrial Ecology una comparación sistemática entre las proyecciones de un modelo de 1972 y cinco décadas de datos reales.
Su conclusión fue incómoda: los datos empíricos se ajustaban con notable precisión a los escenarios que terminaban en colapso sistémico a mediados del siglo XXI.
El escenario que peor se ajustaba a la realidad era, precisamente, el único que evitaba el colapso.
Herrington no estaba analizando las profecías de ningún gurú new age ni los cálculos de un grupo ecologista radical. Estaba evaluando Los límites del crecimiento, el informe que el Club de Roma encargó a investigadores del MIT en 1972 y que, según la narrativa dominante, “se equivocó estrepitosamente” al predecir catástrofes que nunca llegaron.
Hay un problema con esa narrativa: es falsa.

El informe no predijo que el petróleo se acabaría en 1992. No anunció el fin del oro para 1981 ni el agotamiento del mercurio para 1985. Esas “predicciones fallidas” que circulan desde hace décadas son fabricaciones —tergiversaciones de tablas ilustrativas que los autores nunca presentaron como pronósticos.
Cuando Graham Turner, físico del CSIRO australiano, comparó por primera vez los datos históricos con las proyecciones originales del modelo en 2008, encontró que treinta años de realidad seguían “con sorprendente precisión” la trayectoria del escenario base.
Cuando actualizó el análisis en 2014, su conclusión fue más tajante:
“Prepararse para un sistema global en colapso podría ser incluso más importante que intentar evitar el colapso.”
Lo que voy a argumentar en este artículo no es que debamos entrar en pánico. Es algo más perturbador para nuestro sentido común económico: que un grupo de científicos advirtió hace más de medio siglo sobre los límites físicos del crecimiento exponencial, que la evidencia empírica les ha dado la razón de forma consistente, y que su marginación del debate público no fue resultado de errores científicos sino de una operación político-ideológica.
El informe no fue refutado; fue silenciado. Y la diferencia importa, porque seguimos actuando como si el crecimiento infinito fuera posible en un planeta finito.
Qué decía realmente el informe
En 1970, el Club de Roma —un think tank fundado dos años antes por el industrial italiano Aurelio Peccei y el científico escocés Alexander King— encargó a un equipo del MIT una pregunta aparentemente simple: ¿cuánto tiempo pueden los ecosistemas finitos del planeta sostener el crecimiento exponencial de la población y la economía?
El equipo, liderado por Dennis Meadows y con Donella Meadows como autora principal, desarrolló durante dos años un modelo computacional llamado World3.
La metodología era entonces revolucionaria: en lugar de asumir relaciones lineales y mercados en equilibrio perpetuo, el modelo incorporaba bucles de retroalimentación, retardos temporales entre causa y efecto, y límites físicos a las variables. Era, en términos técnicos, un ejercicio de dinámica de sistemas aplicado a escala planetaria.
World3 integraba cinco variables fundamentales:
- Población
- Producción industrial
- Producción de alimentos
- Contaminación persistente
- Recursos no renovables
Lo crucial era cómo interactuaban. A medida que los recursos de alta calidad se agotaban, el modelo mostraba que la sociedad tendría que explotar yacimientos más profundos, remotos o de menor concentración.
Esto no significaba que “se acabara el petróleo” un martes por la tarde, sino algo más sutil: que cada vez haría falta desviar más capital hacia la extracción de recursos simplemente para mantener el flujo constante.
Eventualmente, ese capital dejaría de estar disponible para producir alimentos, mantener servicios de salud o controlar la contaminación. El colapso, en el modelo, no llegaba por agotamiento absoluto sino por lo que los autores llamaron “escasez de capital”: el sistema se asfixiaba intentando mantener su propio metabolismo.
El libro de 1972 presentó doce escenarios diferentes, no predicciones. Los autores insistieron en que sus proyecciones eran “predicciones solo en el sentido más limitado de la palabra” —indicaciones de tendencias de comportamiento sistémico, no pronósticos de fechas.
- Siete de esos doce escenarios terminaban en colapso.
- Pero cinco no lo hacían.
El escenario llamado “Mundo Estabilizado” mostraba que si la humanidad cambiaba sus valores, priorizaba la calidad sobre la cantidad, adoptaba tecnologías apropiadas y redistribuía la riqueza, era posible estabilizar población y bienestar dentro de los límites planetarios.
Había, en otras palabras, alternativa. Pero requería actuar pronto.
Cuando los autores probaron las mismas políticas estabilizadoras introducidas en el año 2000 en lugar de 1975, el resultado cambiaba: “la población y el capital industrial alcanzan niveles suficientemente altos para crear escasez de alimentos y recursos antes de 2100.”
Un detalle que suele olvidarse: el informe incluía proyecciones sobre CO2 atmosférico. Para el año 2000, estimaba 380 partes por millón. El dato real medido en Mauna Loa fue 369 ppm. Una precisión notable para un modelo construido cuando los ordenadores ocupaban habitaciones enteras.
Cincuenta años de datos: la validación silenciosa
Cuando Graham Turner publicó su primer análisis comparativo en 2008, utilizó datos de la ONU, la FAO, la Agencia Internacional de la Energía y otras fuentes oficiales para contrastar las proyecciones de World3 con treinta años de historia real.
Su hallazgo fue claro: población, producción industrial, contaminación y recursos seguían la curva del escenario “standard run” —el que asumía que las políticas continuarían sin cambios significativos y que terminaba en colapso hacia mediados del siglo XXI.
En 2014, Turner actualizó el análisis con cuarenta años de datos. La conclusión se mantuvo: “El escenario BAU continúa siguiendo de cerca los datos observados.” Y añadió una frase que merece atención:
“Las primeras etapas del colapso podrían ocurrir dentro de una década, o podrían incluso estar en curso.”
El estudio de Gaya Herrington en 2020-2021 aportó un matiz importante. Utilizando el modelo World3-03 recalibrado en 2004 y datos hasta 2019, Herrington encontró que la humanidad había accedido a más recursos de los que el escenario base original estimaba —gracias al fracking, la minería de aguas profundas y otras innovaciones extractivas.
Por eso, los datos actuales se ajustaban mejor a dos escenarios alternativos: BAU2 (que asume recursos duplicados) y CT (que asume avances tecnológicos excepcionales).
Pero aquí viene lo incómodo: ambos escenarios predicen un cese del crecimiento en el bienestar humano y la producción industrial alrededor de la década actual.
La diferencia es que en BAU2 el colapso llega por contaminación —el sistema industrial crece más, genera más residuos de los que el planeta puede absorber, y la agricultura y la salud pública se desploman antes de que los recursos se agoten. Es decir: no es que nos falten combustibles fósiles para quemar; es que la atmósfera ya no puede absorber lo que emitimos sin desestabilizar el clima.
Este desplazamiento del problema —de recursos a contaminación— no refuta el modelo de 1972. Lo confirma. World3 ya contemplaba que si se encontraban más recursos, el colapso cambiaría de forma pero no desaparecería.

Los límites planetarios identificados por Johan Rockström y el Centro de Resiliencia de Estocolmo en 2009, actualizados en 2023 y 2025, son la validación científica contemporánea de esa intuición. De los nueve procesos críticos que regulan la estabilidad del sistema Tierra, siete han sido ya transgredidos: cambio climático, integridad de la biosfera, cambio del uso del suelo, ciclos de nitrógeno y fósforo, contaminación química, agua dulce y acidificación oceánica.
Los números actuales son estos:
- La concentración de CO2 alcanzó 424 partes por millón en 2024, la más alta en quince millones de años, superando ampliamente el límite seguro de 350 ppm.
- La temperatura global en 2024 fue 1,55°C superior a niveles preindustriales —el primer año calendario en superar el umbral de 1,5°C del Acuerdo de París.
- El Índice Planeta Vivo de 2024 documenta un declive del 73% en las poblaciones de vertebrados desde 1970.
- Y según el Global Footprint Network, la humanidad consume actualmente recursos un 80% más rápido de lo que el planeta puede regenerar: necesitaríamos 1,8 Tierras para sostener nuestro nivel de consumo.
En 1972, cuando se publicó Los límites del crecimiento, la huella ecológica global estaba dentro de la capacidad planetaria. Hoy llevamos más de cinco décadas acumulando deuda ecológica.
Cómo se fabricó el mito del fracaso
Si los datos han validado consistentemente las proyecciones de 1972, ¿por qué la narrativa dominante insiste en que el informe “se equivocó”? La respuesta tiene menos que ver con la ciencia que con el poder.
Las críticas académicas llegaron rápido. William Nordhaus, economista de Yale y futuro Nobel, publicó en 1973 un artículo titulado “World Dynamics: Measurement Without Data” donde acusaba al modelo de describir “un mundo existente solo en la imaginación” de sus autores.
Robert Solow, del MIT y también Nobel, pronunció su célebre frase en 1974:
“Si es muy fácil sustituir otros factores por recursos naturales, entonces no hay, en principio, ningún problema. El mundo puede, en efecto, arreglárselas sin recursos naturales.”
Estas críticas tenían una lógica interna coherente con la economía neoclásica: si un recurso escasea, su precio sube; el precio alto incentiva la innovación y la búsqueda de sustitutos; el mercado resuelve el problema sin necesidad de planificación.
El supuesto implícito era que el capital manufacturado y el capital natural son intercambiables —que siempre puedes construir más maquinaria para compensar la pérdida de peces en el mar o de fertilidad en el suelo.
El problema es que esto es físicamente falso. La energía y los materiales son prerrequisitos para la actividad económica, no factores intercambiables. Pero señalarlo era —y sigue siendo— una herejía contra el dogma del crecimiento perpetuo.
Cuando Jay Forrester, Gilbert Low y Nathaniel Mass escribieron una refutación de 21 páginas al artículo de Nordhaus, el editor del Economic Journal se negó a publicarla. Esta violación del protocolo académico estándar —negar a los autores criticados el derecho de réplica— es sintomática de algo más amplio que simple desacuerdo científico.
El golpe definitivo a la reputación del informe llegó en 1989, cuando Ronald Bailey publicó en Forbes lo que el historiador Ugo Bardi identifica como “el punto de inflexión” en la percepción pública. Bailey escribió que Los límites del crecimiento había predicho que el mundo se quedaría sin oro para 1981, mercurio para 1985, petróleo para 1992.
Estas afirmaciones eran falsas —Bailey había extraído números de una tabla ilustrativa del capítulo 2 que mostraba índices de reserva estáticos bajo hipótesis matemáticas, explícitamente no predicciones. Pero la falsedad se propagó. En 1992, el economista Robert Stavins la repitió en los Brookings Papers on Economic Activity como si fuera hecho establecido.

Bailey, vale la pena mencionarlo, fue becario del Competitive Enterprise Institute y adjunct scholar del Cato Institute —organizaciones financiadas por intereses de combustibles fósiles que promovían sistemáticamente mensajes contra cualquier reconocimiento de límites al crecimiento.
La apuesta entre el economista Julian Simon y el biólogo Paul Ehrlich en 1980 se convirtió en otra arma retórica. Simon apostó a que los precios de cinco metales bajarían en diez años; ganó, porque la recesión de los 80 y el colapso soviético deprimieron la demanda. La victoria fue celebrada como prueba irrefutable de que el pensamiento sobre límites estaba equivocado.
Pero análisis posteriores revelan que fue principalmente suerte: investigaciones de Kiel, Matheson y Golembiewski encontraron que Ehrlich habría ganado 69 de 102 apuestas posibles de diez años entre 1903 y 2015. Si la apuesta hubiera sido entre 2000 y 2010, durante el auge industrial de China, Simon habría perdido en cuatro de cinco metales.
Lo que ocurrió con Los límites del crecimiento no fue refutación científica. Fue una operación de marginación política en la que convergieron intereses económicos directos —la industria extractiva—, hegemonía académica —economistas cuyas carreras dependían del paradigma del crecimiento— y el giro ideológico neoliberal de los años 80.
Ronald Reagan lo resumió con claridad: “No hay grandes límites al crecimiento cuando hombres y mujeres son libres de seguir sus sueños.”
El espejismo verde
Frente a la evidencia acumulada de que algo no funciona, la respuesta institucional dominante ha sido el “crecimiento verde”: la promesa de que podemos continuar expandiendo el PIB mientras reducimos el impacto ambiental mediante el desacoplamiento.
La OCDE lo promueve, el Pacto Verde Europeo lo asume, y suena razonable. ¿Por qué no podríamos crecer de forma limpia, eficiente, sostenible?
Porque no hay evidencia de que sea posible a la escala y velocidad necesarias.
El informe Decoupling Debunked, publicado en 2019 por la Oficina Europea del Medio Ambiente con revisión de 17 investigadores, examinó sistemáticamente los datos disponibles. Su conclusión: no existe desacoplamiento absoluto a nivel global entre crecimiento del PIB y uso de materiales o emisiones de carbono.
Lo que sí existe es desacoplamiento relativo —el impacto ambiental crece más lento que el PIB— y desacoplamiento aparente basado en contabilidad engañosa.
Cuando países como el Reino Unido o Suecia se presentan como modelos de desacoplamiento, sus estadísticas cuentan solo las emisiones producidas en su territorio. Si se incluyen las emisiones “importadas” —las generadas en China u otros lugares para fabricar los productos que consumen británicos y suecos—, la supuesta reducción desaparece.
No han desmaterializado sus economías; han externalizado la contaminación.
Un estudio publicado en The Lancet Planetary Health en 2023 calculó que, a las tasas actuales de desacoplamiento, los países de altos ingresos tardarían más de 220 años en reducir sus emisiones un 95%. En ese tiempo emitirían 27 veces su parte justa del presupuesto de carbono restante para no superar 1,5°C.
Hay además un problema que el propio modelo de 1972 anticipaba: la transición energética necesaria para el “crecimiento verde” no es inmaterial. Requiere cantidades masivas de cobre, litio, cobalto y tierras raras.
La Agencia Internacional de la Energía advierte sobre brechas de suministro inminentes: se proyecta que la demanda de litio aumente entre 5 y 40 veces para 2040. La ley del mineral de cobre está cayendo globalmente —se necesita mover más roca y usar más energía para obtener la misma cantidad de metal.


Esto es el retorno de la “escasez de capital” de World3: intentar replicar una estructura energética diseñada para combustibles fósiles de alta densidad usando fuentes de menor densidad y alta intensidad material choca contra barreras físicas formidables.
Andrew McAfee, del MIT, argumentó en su libro More from Less que Estados Unidos ya experimenta “desmaterialización absoluta”. Pero cuando Jason Hickel y otros economistas ecológicos examinaron los datos, encontraron que McAfee había usado contabilidad territorial que ignoraba las emisiones y materiales importados. La huella material real del consumo estadounidense no ha dejado de crecer.
Nada de esto significa que la tecnología sea inútil o que las renovables sean un error. Significa que la tecnología puede comprar tiempo y hacer transiciones menos traumáticas, pero no puede abolir las leyes de la termodinámica. La eficiencia tiene límites físicos. Y en un sistema orientado al crecimiento perpetuo, las mejoras de eficiencia tienden a liberar capital que se reinvierte en más consumo —la paradoja de Jevons, documentada desde el siglo XIX.
La pregunta que importa
Si he hecho bien mi trabajo, a estas alturas deberías estar convencido de al menos una cosa: el crecimiento económico infinito en un planeta finito no es una posición política ni una preferencia ideológica. Es una imposibilidad física.
Las leyes de la termodinámica no se negocian en el Congreso ni se flexibilizan con innovación financiera.
Esto no significa que el colapso sea inevitable mañana por la mañana, ni que debamos abandonar toda esperanza. Significa que la pregunta relevante ha cambiado. Ya no es “¿hay límites?” —los hay, y los estamos transgrediendo.
La pregunta es cómo los enfrentamos: si mediante una transición planificada hacia formas de vida buena dentro de los límites planetarios, o mediante un colapso caótico donde, como siempre, los costes se repartirán de forma brutalmente desigual.
El escenario “Mundo Estabilizado” de 1972 mostraba que otra trayectoria era posible. Requería cambios de valores —priorizar satisfacción de necesidades sobre acumulación infinita—, tecnología apropiada al servicio de límites y no de su superación, y redistribución radical de recursos. Ese escenario asumía que los cambios comenzarían antes de 1975. Obviamente, no ocurrió. Pero los principios siguen siendo válidos, aunque la ventana para una transición suave se haya estrechado.
Hoy existen propuestas serias para economías que no dependan del crecimiento perpetuo:
- La Economía del Donut de Kate Raworth visualiza un espacio seguro entre un suelo social mínimo y un techo ecológico máximo.
- El movimiento del decrecimiento —con autores como Giorgos Kallis o Jason Hickel— propone una reducción planificada del flujo de energía y materiales en países ricos, combinada con redistribución y expansión de bienes públicos.
No son utopías ingenuas; son intentos de pensar seriamente qué significa el bienestar humano cuando el crecimiento deja de ser opción.
Hay debate legítimo sobre estas propuestas. Desde la izquierda, autores como Leigh Phillips o Matt Huber argumentan que el problema no es el crecimiento en sí sino quién lo controla y para qué; que hablar de “menos” es políticamente suicida y que la solución pasa por planificación democrática y poder sindical, no por reducción del consumo.
Es un debate que merece desarrollarse —y lo haremos en próximos artículos de esta newsletter. Pero es un debate sobre cómo enfrentar los límites, no sobre si existen.
Lo que no podemos seguir haciendo es actuar como si la física fuera negociable. Llevamos cincuenta años ignorando una advertencia científica validada por los datos, mientras repetíamos que “se equivocaron” basándonos en fabricaciones interesadas. El resultado está a la vista: siete límites planetarios transgredidos, 1,8 Tierras de consumo, un clima desestabilizándose.
La historia de Los límites del crecimiento es, en el fondo, una historia sobre el poder. Sobre cómo una verdad incómoda puede ser marginada durante medio siglo porque amenaza intereses y cuestiona dogmas. Sobre cómo se construye “sentido común” —esa sensación de que ciertas cosas son obvias, naturales, inevitables— y cómo ese sentido común puede estar profundamente equivocado.
Reconocer que tenían razón es solo el primer paso. El segundo es preguntarnos qué hacemos con esa información. Y esa pregunta —quién decide cómo vivimos dentro de los límites, quién paga los costes de la transición, cómo se distribuyen los recursos en un mundo que no puede crecer indefinidamente— es la pregunta política central de nuestro siglo.
No tiene respuesta fácil. Pero al menos, después de cincuenta años, podemos empezar a formularla sin que nos digan que el problema no existe.
Publicado en https://substack.com/home/post/p-185868669

