Durante años, la transición energética se presentó como un proceso relativamente sencillo. Bastaba con sustituir los combustibles fósiles por electricidad renovable y avanzar hacia una economía descarbonizada. La imagen era atractiva: grandes parques eólicos, extensiones de paneles solares, redes inteligentes y millones de vehículos eléctricos alimentados por energía limpia. Sin embargo, a medida que avanza la transformación, la realidad revela su complejidad y sus fuertes implicaciones sociales.
La electrificación es sin duda una de las herramientas más eficaces para reducir emisiones. Pero también se empieza a hacer evidente que existen sectores para los que la electricidad no es una solución simple. La aviación comercial, el transporte marítimo, la industria química, los fertilizantes, las cementeras, la metalurgia, los tratamientos de residuos o las actividades que requieren temperaturas muy altas siguen dependiendo de combustibles o de materias primas carbonadas difíciles de sustituir. Es precisamente en este espacio donde ha irrumpido con fuerza el debate en torno a las llamadas moléculas verdes.
» Existen sectores para los que la electricidad no es una solución simple. «
Bajo esta expresión se agrupa a una familia amplia de productos energéticos con etiquetas bio o verdes: hidrógeno, amoníaco, metanol, metano, combustibles de aviación sostenibles (SAF), biocombustibles avanzados… Todos ellos pretenden ofrecer una alternativa con menos emisiones para aquellos usos en los que la electrificación directa, al menos con los sistemas actuales, es compleja.
Sin embargo, la creciente popularidad del concepto también comporta un riesgo. La expresión “molécula verde” tiene una enorme fuerza comunicativa. Sugiere innovación, sostenibilidad y compatibilidad con el verde de los objetivos climáticos, o el verde de la esperanza para el mantenimiento de los motores de combustión interna (ICE). Por eso hay que considerar que detrás de esta etiqueta se esconden realidades tecnológicas, económicas y ambientales muy diferentes, que pueden desempeñar un papel relevante en la descarbonización, pero que también corren el riesgo de convertirse en narrativas de legitimación para prolongar modelos de consumo y producción que difícilmente podrán mantenerse en los objetivos de 2050.
» Detrás de la etiqueta de moléculas verdes se esconden realidades tecnológicas, económicas y ambientales muy diferentes»
Ésta no es, pues, sólo una discusión técnica sobre eficiencias energéticas: es una disputa de poder. Quien defina qué es una “molécula verde” admisible y en qué usos decidirá quién paga la transición y quién captura su renta. Dejar esta definición en manos de los propios actores que tienen interés en prolongar el statu quo —las petroleras, la industria gasista, parte de la automoción— es, sencillamente, entregar las claves de la política energética a quien debería ser regulado.
La primera cuestión a recordar es que ninguna molécula aparece por arte de magia. Todas ellas requieren mucha energía para ser producidas. El hidrógeno exige grandes cantidades de electricidad para la electrólisis (hoy en día, con las tecnologías más comerciales, con una eficiencia del 60-65%). Los combustibles sintéticos necesitan, además, capturar dióxido de carbono y combinarlo posteriormente con ese hidrógeno. Cada paso implica considerables consumos energéticos y reduce el rendimiento de toda la cadena de producción, que se añade a la ya baja eficiencia de los ICE.
» Quien defina qué es una “molécula verde” admisible y en qué usos decidirá quién paga la transición y quién captura su renta.»
La termodinámica, esta rama tozuda de la física, sigue siendo una realidad incómoda para cualquier estrategia energética. Aunque los discursos comerciales presentan algunas tecnologías como soluciones milagrosas, los balances energéticos siguen imponiendo límites difíciles de ignorar. Una parte significativa del debate público sobre las moléculas verdes parece olvidar que la energía más barata y eficiente es aquella que nunca se consume. Desde esta perspectiva, la cuestión no consiste únicamente en producir nuevos combustibles, sino en preguntarse dónde es justificable utilizarlos.
La situación se hace aún más compleja cuando se analizan los recursos necesarios para los “C verdes”. Éstos descansan sobre la disponibilidad de residuos agrícolas, forestales o urbanos con carbono previamente extraído del ambiente por procesos biológicos. Sin embargo, estos recursos no son infinitos. Así, la biomasa es una de las materias más disputadas de la transición ecológica. Los mismos residuos que pueden transformarse en energía (biogás, biometano, biometanol…) también pueden destinarse a mejorar los suelos agrícolas, producir materiales de construcción, generar productos químicos (polímeros, plásticos, disolventes…) o actuar como sumideros de carbono. La “biorefinería” de capacidad infinita no es real y, además, la demanda sobrepasa la oferta, con el consiguiente encarecimiento.
» La “biorefinería” de capacidad infinita no es real y, además, la demanda sobrepasa la oferta, con el consiguiente encarecimiento.»
La pregunta que surge es inevitable: ¿hay suficiente materia prima sostenible para satisfacer simultáneamente todas estas demandas? La mayoría de los estudios cuantitativos dicen no. Así, la competencia por los carbonos verdes condiciona su precio en el mercado y, por tanto, su uso razonable.
A todo esto hay que añadir una cuestión económica que rara vez ocupa el centro de la discusión. La electrificación directa suele ser la opción más eficiente y menos costosa siempre que sea técnicamente posible. Las bombas de calor consumen menos energía que las calderas. Los vehículos eléctricos aprovechan mejor la energía que cualquier combustible sintético destinado al transporte por carretera. Incluso en la industria, muchas aplicaciones pueden electrificarse con costes inferiores a los de las alternativas basadas en hidrógeno o combustibles sintéticos.
Por este motivo, numerosos organismos internacionales insisten en una idea simple, pero de enorme trascendencia: las moléculas verdes deberían reservarse sólo para aquellos ámbitos donde no haya mejores soluciones y que puedan absorber el coste más alto. Son demasiado valiosas para desperdiciarlas en usos en los que la electricidad tiene una eficiencia muy superior y contribuye al ahorro de energía, mientras que las moléculas verdes incrementan el consumo de energía. Pero ésta no es la realidad que se está transmitiendo a los medios y campañas publicitarias de las compañías energéticas, en las que se presentan las moléculas verdes como una panacea sin límites para todos los consumos actuales de combustibles fósiles.
»Las moléculas verdes deberían reservarse sólo para aquellos ámbitos donde no haya mejores soluciones y que puedan absorber el coste más alto.»
Es en este punto donde emerge el riesgo del “greenwashing”. La fascinación tecnológica puede conducir a la creencia de que será posible mantener intactos los actuales patrones de movilidad, producción y consumo simplemente sustituyendo unas moléculas por otras. Bajo esta lógica, los aviones seguirían volando igual, los barcos navegando y las industrias consumiendo crecientes cantidades de energía, mientras una nueva generación de combustibles resolvería automáticamente el problema climático. En consecuencia, se pretende “salvar” el motor de combustión interna más allá de 2035 sin mencionar las fuertes penalizaciones energéticas debido al mayor consumo durante el proceso, ni comentar tampoco las emisiones de CO₂ ligadas a toda la cadena de producción de biocombustibles, combustibles sintéticos o, en general, moléculas verdes. Aquí es donde se ve que, bajo la presión de grandes intereses, ha habido un giro en Bruselas para desdecir lo dicho hasta ahora y pasar a equiparar los coches de gasolina y diesel a los eléctricos con la excusa de usar estos combustibles renovables, que, a diferencia de los biocombustibles más conocidos, parten de otra serie de productos, como los aceites usados u otros residuos orgánicos. Pero siguen manteniendo una huella de carbono y presentan costes económicos que, sin primas ni subvenciones, son preocupantes. Ahora, todo esto son razones argumentadas como necesarias por la industria automovilística porque ésta está sobrepasada por la china debido a sus errores estratégicos acumulados en las últimas décadas bajo la filosofía de la globalización de la economía.
La realidad es menos cómoda. La transición energética exige innovaciones tecnológicas pero también decisiones sobre prioridades, asignación de recursos y gestión de la demanda. No todas las actividades podrán disponer de cantidades ilimitadas de combustibles renovables, ni todos los sectores podrán acceder simultáneamente o absorber sus costes.
» La transición energética exige innovaciones tecnológicas, pero también decisiones sobre prioridades, asignación de recursos y gestión de la demanda»
Estos intereses económicos se concretan: las empresas e industrias atrapadas por la inercia ven una oportunidad para mantener su relevancia. Las infraestructuras gasistas buscan nuevas funciones que justifiquen su continuidad, así como la industria automovilística resistente a los cambios busca su permanencia y seguir controlando mercados valorados en cientos de miles de millones de euros. La transición energética, como todas las grandes transformaciones históricas, no es tan sólo una cuestión tecnológica. También es una disputa por el control de los mercados, las infraestructuras y las rentas futuras. Y detrás de esto, como ya vemos en distintos lugares del planeta, hay guerras, migraciones y desequilibrios sociales y territoriales. Esta realidad no es inocente.
Quizás la lección principal es que el debate no debería plantearse en términos de electrificación contra moléculas verdes. Ambas son necesarias. La cuestión relevante consiste en determinar objetivamente qué tecnología resulta más adecuada para cada necesidad concreta, sin dejar esta decisión a la imposición de quien tiene mayor fuerza económica. La verdadera transición no consiste en sustituir un combustible por otro manteniendo intacto el resto del sistema. Consiste en construir una combinación «inteligente» de tecnologías, recursos y comportamientos capaz de reducir emisiones sin ignorar los límites físicos del planeta. Las moléculas verdes formarán parte de esa solución. Pero convertirlas en una promesa universal podría acabar siendo uno de los mayores errores estratégicos de la política energética contemporánea y una manera de contribuir a poner palos en las ruedas de la transición energética. Ahora que se propone el documento oficial de partida del PINECCAT, es necesario ver los detalles de qué funcionalidad se espera de las moléculas verdes en la estrategia de país.
» La cuestión relevante consiste en determinar objetivamente qué tecnología resulta más adecuada para cada necesidad concreta, sin dejar esta decisión a la imposición de quien tiene mayor fuerza económica.»
En principio, el PINECCAT no puede escribirse con la lógica de la biorefinería ilimitada. Si el documento de partida vuelve a abrir la puerta a convertir, por ejemplo, la petroquímica de Tarragona en una gran planta de combustibles verdes sin fijar límites de uso, sin exigir balances de emisiones de ciclo completo y sin garantizar que la materia prima es realmente disponible y sostenible, estaremos legitimando con dinero y planificación pública el greenwashing. La Administración catalana debe fijar, por ley o por plan director, una jerarquía de usos —electrificación directa primero, moléculas verdes reservadas a los sectores que no tienen alternativa— y no delegar esta decisión en el mercado ni en la presión de los lobbies energéticos y de la automoción.
Siguiendo la jerarquía de usos ya expuesta, esto se concretaría en cuatro medidas: primero, debería pensarse cómo se condiciona cualquier subvención o incentivo fiscal a combustibles renovables no biológicos o biocombustibles avanzados a una acreditación independiente y pública de su balance real de emisiones y de consumo energético, no en la etiqueta comercial. Segundo, priorizar por ley la electrificación directa en todo uso que sea técnicamente viable, reservando las moléculas verdes para la aviación, el transporte marítimo y la industria de alta temperatura. Tercero, evitar que Cataluña dedique suelo industrial, red de gas o fondos públicos a ampliar capacidad de “biorefinería” antes de tener garantizadas la materia prima sostenible a escala y su coste real. Y cuarto, que el PINECCAT recoja estos criterios con cifras y plazos, no con declaraciones de intenciones, porque es exactamente la ambigüedad del primer borrador la que ha permitido que el greenwashing encuentre sitio.
El debate de fondo no es si Cataluña necesita hidrógeno, biometano, SAF o combustibles sintéticos. El debate es si será capaz de resistir la presión de los intereses particulares y planificar estos escasos recursos según el interés general, ofreciendo una solución holística. El PINECCAT será una buena estrategia de país sólo si se establece esta jerarquía con criterios transparentes, cuantificables y verificables. Si no lo hace, las moléculas verdes corren el riesgo de convertirse más en un instrumento de marketing que en una eficaz herramienta de descarbonización.
JR Morante & H. Santcovsky son miembros de Renovemnos . Artículo pulicado en https://renovemnos.cat/molecules-verdes-entre-la-necessitat-i-la-frontera-del-greenwashing/

