Durante demasiado tiempo hemos tratado la crisis climática como un problema técnico, ambiental o incluso moral, pero cada vez resulta más evidente que es, ante todo, un problema de poder. El petróleo y el gas no solo están en el centro del calentamiento global, sino también en el corazón de la tormenta geopolítica que define nuestro tiempo. No es casualidad que los conflictos, las amenazas territoriales y el debilitamiento del multilateralismo coincidan con una renovada carrera por el control de los combustibles fósiles.
Los datos son tan claros como incómodos: los combustibles fósiles son responsables de alrededor del 68 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y de casi el 90 % del CO₂ que calienta peligrosamente el planeta. Pero su toxicidad no se limita al clima. El petróleo y el gas alimentan conflictos, sostienen regímenes autoritarios y convierten la energía en un arma política. Cuando el presidente Trump vincula abiertamente su política exterior al acceso a recursos fósiles —desde Venezuela hasta las amenazas de “adquirir” Groenlandia— no está improvisando, sino siguiendo una lógica bien conocida: quien controla el petróleo, controla el tablero.
La retirada de Estados Unidos de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y de decenas de tratados internacionales no debe entenderse como un gesto aislado. Forma parte de una estrategia deliberada para desmontar la gobernanza climática global y eliminar cualquier freno a la expansión fósil. Abandonar el multilateralismo —también en ámbitos como el Estado de derecho o la independencia judicial— tiene consecuencias profundas: erosiona la confianza internacional, debilita la protección ambiental y normaliza un mundo más inestable y más injusto.
Europa no puede fingir que observa este proceso desde la barrera. Cada retraso, cada “flexibilización” o cada marcha atrás en la acción climática europea refuerza esa misma lógica fósil y socava la autonomía estratégica de la UE. El debilitamiento del veto a los motores de combustión en 2035, los retrasos en el precio del carbono o la dilución de los objetivos climáticos para 2040 no son decisiones técnicas: son apuestas políticas que nos atan durante más tiempo al petróleo estadounidense y al gas ruso, justo cuando el mundo se vuelve más volátil.
La alternativa es tan evidente como poderosa: más renovables, menos petrodólares. Una Europa basada en energías limpias, locales y renovables es una Europa más segura, más democrática y más resiliente. Hoy ya sabemos que un sistema energético 100 % renovable es técnicamente posible antes de 2040, y que las renovables ya suministran cerca de la mitad de la electricidad europea. El problema no es la dirección; es la velocidad.
Cada año que seguimos quemando combustibles fósiles no es neutral: hace a Europa más dependiente, más vulnerable y más débil. Defender la agenda climática no es un lujo ni una cuestión ideológica; es una necesidad geopolítica. Electrificarlo todo, en todas partes y cuanto antes, no es solo la mejor estrategia climática. Es, cada vez más, la única estrategia sensata para sobrevivir y prosperar en un mundo más duro.

