Urge descarbonizar a marchas forzadas

Ha llegado el momento de la acción y de la audacia para ser efectivos. La gravedad del problema climático así lo requiere

Con un día de diferencia han saltado en los periódicos dos noticias remarcables. La primera: la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen propone para 2030 una reducción de gases de efecto invernadero del 55% respecto a 1990 en la UE, lo que supone un aumento significativo del grado de ambición (el objetivo actual es de un 40% para 2030). La segunda noticia: en España, tres ONG acaban de demandar al gobierno por inacción a la hora de legislar y gobernar incumpliendo los acuerdos de reducción de emisiones de la UE y de París. La inacción es responsabilidad de los gobiernos anteriores pero también del actual. El proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética que el gobierno estatal envió a las cortes en mayo de 2020, prevé una reducción anual de emisiones de un 3% lo que supone una reducción total para 2030 del 23% respecto a 1990, objetivo muy alejado del 40% ya aprobado por la UE y mucho más alejado del 55% propuesto por Ursula von der Leyen. Tampoco Cataluña, que fue la primera comunidad que aprobó una ley de cambio climático en 2017, ha sido capaz de implantarla todavía.

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La comisión europea va a tener mucho trabajo para aprobar el aumento de ambición en la reducción de gases de efecto invernadero. Polonia que basa su política energética en el carbón se va a resistir con toda su fuerza, pero quizá Alemania tampoco lo va a poner fácil, ya que a pesar de todos sus avances en la implantación de energía renovable, este país lidera en Europa el consumo de carbón y la industria del automóvil basado en los combustibles fósiles. En España, con una histórica ausencia de políticas de descarbonización y con una propuesta tan decepcionante como la futura ley de Cambio Climático y Transición Energética, tampoco se augura un camino nada fácil hacia la rápida descarbonización.

Harán falta muchos esfuerzos para vencer a los poderosos lobbies petroleros y gasísticos, para hacer que los bancos desinviertan en los activos fósiles, para dejar de subsidiar a las industrias por su consumo de energías sucias, para vencer resistencias políticas a los cambios pero también para vencer a las reticencias ciudadanas y para ofrecer alternativas viables y atractivas que ayuden a la transformación necesaria.

La solución óptima para que toda la UE avance rápidamente hacia la descarbonización es la unificación de la tasa de carbono pero esto va a resultar imposible porque según los tratados de la UE, se necesitan acuerdos unánimes. Por tanto, lo más probable es que se siga con la política actual basada en el mercado de los derechos de emisión UE (EU-ETS) que no necesita de la unanimidad, pero que también va a requerir modificaciones importantes para aumentar su grado de ambición. Actualmente solo las empresas más contaminantes están obligadas a participar en las subastas para adquirir sus derechos de emisión, pero más de la mitad de las emisiones generadas en la UE caen fuera de ese mercado. Son las emisiones llamadas “difusas” porque son producidas por las actividades de las empresas menos contaminantes y por todos los ciudadanos a través del transporte o de la calefacción. Un primer cambio importante podría ser, bien agregar a este mercado de emisiones europeo o bien gravar de alguna otra forma, las emisiones derivadas del transporte y de la climatización de los hogares y empresas. Un segundo cambio podría ser el aumento del precio de los derechos de emisión, o de las tasas de carbono, que aunque en los últimos años ya se ha ido incrementando, está muy lejos del precio que deberíamos pagar para cumplir los objetivos del acuerdo de París. Actualmente el precio del carbono en el mercado europeo ronda los 29 €/tonelada pero los expertos nos alertan de que estos precios deberían subir en poco tiempo hasta valores de 40, 80, 100, 200, 300, 700 €/tonelada… ¿Quien le va a poner el cascabel al gato?

¿Cómo abordar estos cambios sin producir daños?

Cualquier subida de impuestos o de precios tiene repercusiones sociales. Sin tomar medidas compensatorias, la experiencia demuestra que quienes más perjudicados salen de estas subidas, son los sectores más desfavorecidos, ya que no tienen la posibilidad económica de hacer los cambios en sus negocios o en sus hábitos de vida que los alineen hacia modos de consumo menos penalizados por ser más descarbonizados. También las subvenciones pueden agravar las desigualdades: subvencionar los coches eléctricos o híbridos va a favorecer a los ciudadanos que puedan permitirse la compra de estos vehículos que no son precisamente los más baratos del mercado. Es fundamental pues planear cómo introducir estas penalizaciones al uso de la energía fósil para poder ser lo más justos y lo menos perjudiciales posible mediante mecanismos de compensación u otras alternativas equitativas. Es necesario que toda la sociedad apruebe estas medidas sin crear rechazo. De otra forma, los gobiernos van a verse incapaces de aplicarlas (recordemos las protestas del 2019 en Francia).

Entre las medidas de descarbonización, existen algunas propuestas novedosas, muy enfocadas en la aceptación social porque llaman a la corresponsabilidad de todos los ciudadanos y porque pueden ser percibidas cómo más justas que las medidas de imposición más tradicionales. Estamos hablando de propuestas basadas en el reparto entre todos los ciudadanos, bien sea de los derechos de emisión, bien sea de la recaptación generada a través de los impuestos al carbono. En cualquiera de esas dos propuestas se refuerza el sentido de corresponsabilidad individual hacia una economía descarbonizada y el sentido de equidad, porque derechos y responsabilidades se reparten entre todos los ciudadanos. Ambas propuestas son bastante desconocidas en nuestro país. Se denominan “Cuotas negociables de energía” (TEQs acrónimo en inglés) o “Impuestos al carbono y dividendos” (Fee and Dividend en inglés). Estas propuestas no han sido hasta ahora puestas en práctica de una forma generalizada, solo algunos pocos países las han debatido o las están implantando, pero ante el reto que se nos viene encima, quizá es el momento de pedir a los gobiernos, también al nuestro, que las tomen en consideración y estudien su viabilidad de implantación aunque inicialmente sea de forma parcial y a modo de pruebas piloto para poder comprobar si funcionan o para detectar donde pueden residir las dificultades. Ha llegado el momento de la acción y de la audacia para ser efectivos. La gravedad del problema climático así lo requiere.

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Un comentario

  1. Neus, me gustaría hacer notar que incluso la propuesta de Ursula von der Leyen puede que se quede bastante corta. Eso es “solo” una reducción de emisiones del 8% anual. Al menos a nivel de emisiones globales necesitamos unas tasas de reducción mayores.

    Según lo explicado en un artículo de Timothy Lenton de 2019 (https://www.nature.com/articles/d41586-019-03595-0), si queremos tener al menos un 50% de posibilidades de no superar los 1.5 grados cent. por encima de niveles preindustriales, sólo podemos emitir 500 Gt de CO2 adicionales (el budget de CO2 lo llaman). Pero teniendo en cuenta que las emisiones del Permafrost se llevarían por delante 100 Gt de ese budget y la degradación del Amazonas y bosques boreales otras 90 Gt y 110 Gt respectivamente, solo nos quedarían 200 Gt disponibles para emitir.

    Para poder cumplir con este draconiano presupuesto, como actualmente quemamos cerca de 40 Gt en un año, tendríamos que decrecer en emisiones de CO2 a un ritmo del 17% anual durante 20 años, para llegar a emisiones nulas sin pasarnos de esas 200 Gt. Así emitiríamos 190 Gt en total. Esto es la suma de 20 numericos 33.2+27.6+22.9+…+2.9+2.4+2+1.7+1.4+1.2+1 = 190 (cada sumando es la cantidad emitida en cada uno de los 20 años, que se va reduciendo en un 17% cada año). Pero 17% es más del doble de lo que Ursula propone.

    No obstante, lo que decía el informe del IPCC de 2018 respecto al budget disponible de CO2 para no superar los 1.5 grados cent., es que debíamos alcanzar emisiones cero alrededor del 2055. Esto supone una reducción anual del 10%, partiendo de las 40 Gt en 2020. Pero, lamentablemente, este escenario de reducción incumple el budget de 200 Gt al que se alude en el artículo de Lenton, ya que la suma de los 35 valores correspondientes a los 35 años de reducción asciende a 350 Gt.

    Como podemos comprobar, no es fácil dilucidar cuánto necesitamos decrecer para evitar entrar en escenarios catastróficos del calentamiento global (2 grados cent. por encima de niveles preindustriales). Eso es así, porque las predicciones se basan en diferentes modelos matemáticos, cada uno de ellos asumiendo unas simplificaciones diferentes.

    Lamentablemente, es más fácil saber lo que sí podemos decrecer que saber lo que debemos decrecer. Y lo que vamos a decrecer está completamente determinado por la situación de declive de la industria petrolífera. No es un declive motivado por la buena conciencia planetaria y determinación de nuestros políticos y poderes fácticos, es un declive impuesto por los límites biofísicos que ya han sido extralimitados.

    El 90% de toda la energía que consume nuestra megamáquina viene de los combustibles fósiles. El 30% de toda la energía que consume nuestra megamáquina viene del petróleo. Esto no es caprichoso, y se debe a que la densidad energética y versatilidad del petróleo es muy superior al resto de fuentes de energía. Pero cada vez es más costoso extraer lo que queda de combustibles fósiles (la mitad aprox.) y la energía neta que se obtiene de ellos ya es cada año menor. Esto es la llegada del peak oil.

    Según conclusiones del informe de la Agencia Internacional de la Energía de 2018 (analizado por Antonio Turiel en https://crashoil.blogspot.com/2020/04/la-tormenta-negra.html), si la producción de la ruinosa y depredadora industria del fracking se multiplica por tres, se pronostica una caída del sector petrolero de tan solo el 13% para 2025. Esto es una tasa de decrecimiento anual del 2.5% aprox. Pero si el fracking se multiplica por cero (y es lo más probable a juzgar por los datos https://crashoil.blogspot.com/2020/09/nadie-al-timon.html), la caída será del 40% para 2025. Esto ya es una tasa de decrecimiento del 10% anual aprox. Podemos asumir que la cantidad de emisiones de CO2 es exactamente proporcional a la cantidad de petróleo consumido, ya que si baja la cantidad de petróleo disponible, todo el resto de actividad que también genera emisiones bajará en una proporción similar debido a su dependencia del petróleo, porque es el petróleo la sangre que mueve nuestra megamáquina de producción y consumo.

    Como podemos ver, no es seguro que el peak oil, aun devastando a la economía mundial, nos salve del calentamiento excesivo. Tan solo asegura un decrecimiento del 10%, lo que estaría de acuerdo con el presupuesto marcado por el IPCC, pero quedaría por debajo de lo exigido según el budget de las 200 Gt del artículo de Lenton.

    Conviene por último hacer notar que administraciones y corporaciones, apelando al Green New Deal, al desarrollo sostenible, la digitalización, la des-materialización, etc, nos quieren hacer creer que podemos continuar enganchados a un montón de estupideces innecesarias sin dañar al planeta, pero eso es mentira: no se puede fabricar lo que consumimos hoy en día sin usar cantidades ingentes de energía fósil y recursos no renovables y sin seguir dañando los ya de por sí moribundos ecosistemas planetarios. Y no se puede llenar el planeta de coches eléctricos, paneles solares, baterías y molinillos sin usar cantidades ingentes de energía fósil y recursos no renovables y sin seguir dañando los ya de por sí moribundos ecosistemas planetarios. Todo eso es Greenwashing. Cortina de humo. Siempre se habla en los medios mainstream de que el objetivo es reducir emisiones dando a entender que esto se puede hacer sin decrecimiento económico, sin descenso del PIB. El enemigo siempre son las emisiones de CO2 y no nuestra manía de querer repletas las estanterías de los supermercados o los tanques de las gasolineras. Se vende que el capitalismo tiene arreglo, que sólo es cuestión de voluntad política y no es cierto.

    El capitalismo por definición vive del flujo del capital y de su reproducción. El dinero se ha de mover y al hacerlo crece. Pero al hacer circular el dinero siempre hay un gasto energético, y el 90% de ese gasto es de origen fósil. El capitalismo no tiene arreglo, y además está muriéndose. Pero lo triste es que ni siquiera vamos a poder dar una alternativa ecosocial a este sistema depredador. Aún no. Aún tenemos que sufrir la siguiente parada del “tren de la bruja” colapsista: el ecofascismo.

    Sí, los super ricos llevan tiempo preparándose para esto. Saben que a los pobres del tercer mundo no les va a hacer gracia enterarse de que ya no va a haber petróleo para que ellos puedan crecer, después de siglos esclavizados, habiendo creído que algún día el mágico efecto goteo del capitalismo les irrigaría lo suficiente. Saben que a los pobres del tercer mundo no les va a hacer gracia enterarse de que las élites del primer mundo les quiere dejar morir (literalmente) ante la debacle del calentamiento global y el resto de crisis globales, principalmente provocadas por los desmanes primermundistas. Saben que los pobres del mundo enfurecidos pueden aplastarlos y se han preparado para evitarlo y poder proseguir con su opulento estilo de vida a costa de quedarse para ellos solitos todo el menguante pastel fósil.

    Se aproximan tiempos muy difíciles, sobre todo para los desarrapados del tercer mundo. Pero en el primer mundo la gente de a pie vamos a tener que escoger entre (a) entender que no podemos seguir con nuestro estilo de vida opulento y aceptar el camino de la frugalidad, o (b) creernos los cantos de sirena “digitales” de la manipulación corporativa y acabar poniendo en bandeja de plata el poder político en manos de las élites ecofascistas. En mi humilde opinión, la ignorancia generalizada y embriaguez a la que estamos sometidos junto con nuestra adicción a lo accesorio, harán que escojamos la segunda opción. Ojalá me equivoque.

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